No ha comenzado la campaña electoral y les tengo que confesar que a mí ya me sale el tema bastante por las orejas. Que el nivel general es bastante bajo es una cosa que ya sabíamos todos, pero nunca dejará de sorprender que en realidad se pega con el suelo para tratar de hundirlo. A falta de un mes y siete días la matraca va saltando de bando en bando, agarrados al más mínimo error del rival para taladrar con ‘ingeniosas’ ocurrencias creadas por todo un equipo de campaña con el mismo talento creativo que una medusa.
Por León la caravana de políticos y aplaudidores oficiales aún no ha pasado, y que así siga lo máximo posible. A Botines solo ha llegado un señor con cara de histriónico dictador iraquí en una serie de dibujos animados a ver si juntaba firmas para que su partido, cuyo símbolo es una ardilla con una careta, se podía presentar a las elecciones. Allí coincidió con un partido leonesista que buscaba el mismo objetivo sin que parezca que se hayan enterado demasiado de qué va la movida esta vez. Nos quedamos hasta en precampaña con las migas de las migas en esta vieja ciudad en la que, por otra parte, parece que casi todo está ya decidido. La inmensa mayoría votaremos a una señora o a un señor que siguen medrando dentro de sus partidos y que con sus votos a su vez elegirán a un señor que seguirá teniendo en el mismo lugar de su lista de prioridades a nuestros vecinos. Spoiler: muy abajo.
Sin embargo, lo que sí palpo es que los discursos ya hacen mella en los corrillos, donde me aventuro a identificar a gente muy poco ubicada o inconsciente de quiénes son. Veo a chavales menores de edad añorando una dictadura que por suerte no vivieron, a obreros de alquiler identificados con problemas de multipropietarios (curiosamente no al revés, será que no me muevo en esos ambientes), a trabajadores que rozan el sueldo mínimo celebrando que un futbolista pueda ganar un 25% más al año o a pensionistas que sustentan familias mirando al dedo y no a la luna. Nos queda por delante un mes tremendamente largo, de barras de bar y discursos de ídem. Al menos ya queda un día menos para que acabe la turra. O uno menos para que empiece otra.
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