¿Fin de ciclo o, por fin, cambio de siglo?

Juan Carlos Álvarez
28/01/2026
 Actualizado a 28/01/2026
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«El mundo está en medio de una ruptura, no de una transición». La frase no es el tópico mil veces repetido que nadie se toma en serio, sino las palabras del primer ministro de Canadá hace unos días en el foro de Davos. Con un presidente norteamericano amenazando con invadir Groenlandia mientras por ejemplo Bélgica está desmontando su «estado del bienestar» por riesgo inminente de colapso, ¿es posible que estemos ya de verdad en uno de esos momentos en los que la Historia gira?

En Occidente hay toda una generación que creció en un mundo ideológicamente dividido en dos (buenos y malos, blanco y negro), donde el objetivo era progresar económicamente porque se salía de una situación de posguerra. Es la generación del «baby boom», los nacidos en los años 50 y 60, que en España son los últimos que crecieron todavía en el franquismo. Esos «boomers» son los que dominan las sociedades occidentales, pero con dos rasgos inéditos: por primera vez en la historia las nuevas generaciones son numéricamente menores por la baja natalidad que sufrimos en Europa y especialmente en España, y es también la primera vez en la historia que los jóvenes en edad laboral son más pobres que los jubilados. Es decir, los boomers superan en número a los más jóvenes y además son más ricos.

Cuando cayó el muro de Berlín, el 20% de la población española era menor de edad frente a un 13% mayor de 65 años, mientras que hoy los menores de edad son el 12% frente al 21% de mayores de 65 años. Si ese mismo dato lo ceñimos a León, los mayores de 65 años representan hoy el 28% de la población. Al mismo tiempo, en 2025 las nuevas pensiones de jubilación ya superan el sueldo medio que perciben los menores de 35 años: un jubilado recibe de media en España unos 1.760 euros al mes, mientras que los trabajadores menores de 35 años perciben de media un salario de 1.650. En cuanto a nuestra provincia, cabe destacar que hay 140.000 pensionistas para una población total de apenas 450.000 habitantes.

Todos somos conscientes del problema, que se ha ido posponiendo a base de deuda (la que tendrán que pagar los mismos jóvenes que hoy no tienen acceso a la vivienda), pero este artículo no quiere centrarse en nuestros graves problemas económicos sino en el enorme cambio social que parece que estamos experimentando y a la necesidad de que ese cambio esté presidido por los valores de la reconciliación y la unión, llevados a cabo por los mejores de cada uno de los ámbitos sociales y políticos, que sin dejar de llamar a las cosas por su nombre y hacer una profunda limpieza, deben abandonar los esquemas divisivos y colaborar por el bien común.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué en la España de 2025 la mitad de los grupos asalariados más humildes y los que se consideran pobres, así como una cuarta parte de los jóvenes de entre 18 y 25 años, manifiestan en las encuestas su preferencia por Vox, mientras que la izquierda considera esa opción «antidemocrática» o directamente «fascista»? ¿Por qué en España por primera vez en la historia hay más funcionarios que autónomos, y también por primera vez la pensión media supera al salario medio? ¿Por qué se ha desenterrado esta división entre unos y otros, sea mujeres contra hombres, jóvenes contra mayores, bolivarianos contra franquistas, catalanes y vascos contra el resto, leoneses contra castellanos, bercianos contra leoneses, y así hasta el átomo como escribió León Felipe en «El hacha»?

En un artículo anterior (https://www.lanuevacronica.com/opinion/tribuna-de-opinion/males-nos-rodean-vision-sabero_173489_102.html) ya señalé que cuando la izquierda se vio obligada a reformular la vieja lucha de clases, lo hizo con gran habilidad instalando como nuevo paradigma político el concepto de «víctima».

Sobre esa base, el sistema de protección social occidental ha llegado a extremos como el de Bélgica, donde con 11 millones de habitantes se mantienen casi 550.000 bajas de larga duración y la prestación por desempleo es de carácter potencialmente vitalicio porque no tiene ningún límite temporal, resultando que los parados autóctonos son el 4,7% mientras que esa cifra se multiplica hasta el 16,4 % entre los inmigrantes extracomunitarios. El nuevo gobierno belga, que cifra en 175.000 los puestos de trabajo vacantes, ha promovido el fin de esa prestación sin límite temporal pero se está encontrando con una fuerte oposición social.

Muchos estudios señalan que a partir de los años 70 la enorme cantidad de boomers que accedió a enseñanzas superiores y universitarias empezó a votar masivamente a la izquierda, que cooptó las instituciones de enseñanza y se instaló tanto en los medios audiovisuales como en el «mundo de la cultura» de modo tal que durante décadas ha ejercido un dominio ideológico incontestable que ha coincidido con una época de gran desarrollo económico, aunque este fuera resultado en gran parte de políticas liberales. El resultado fueron sistemas de protección social como los que a modo de ejemplo he señalado que se aplican en Bélgica desde hace décadas.

Con el cambio de siglo, la izquierda se reinventó también en el plano de los «valores post materialistas»: ya no se trataba de luchar por salario, techo y alimento, ni siquiera por unos servicios públicos de los que se presumía… la agenda pasó al medio ambiente, a la igualdad de género, a defender las causas justas en cualquier parte del mundo, y en especial a la «identidad» como nuevo eje político ligado al ya citado de «víctima», replicando de tal forma esa nueva izquierda ciertos esquemas propios de los grupos nacionalistas para crear un nuevo catálogo de derechos personales que han llegado al extremo de que la «autopercepción» se considera fuente de derechos, todo ello con gran despliegue de recursos públicos.

No hace falta decir que todo ello tiene un fuerte impacto electoral, pero lo que quizás no ha medido bien la nueva izquierda es que, en el terreno de la batalla cultural y la agenda ideológica, una sola discrepancia cultural importante puede generar la reubicación política de millones de personas. Pues bien, mientras en España las fuerzas de izquierda jugaban muy fuerte esa carta a través del «nuevo feminismo», los «derechos de identidad» tanto territorial como personal, y algunas otras «causas justas» (el cambio climático, el anti-belicismo, los derechos de los pueblos), en otros países se iba viendo que el elemento cultural más importante de las nuevas sociedades occidentales no era el género, la identidad o lo que suceda en Palestina, sino la inmigración.

Sin entrar en más honduras, algunos estudiosos han llamado a este fenómeno «realineación asimétrica»: si el tablero político deja de estar en la economía y pasa a lo estrictamente ideológico, basta que en un país se produzca un desacuerdo cultural fuerte para que una gran parte del electorado pueda abandonar un signo político, con independencia de su ubicación laboral y económica. De hecho, los debates culturales o ideológicos hoy parecen dividir más que los económicos: es muy posible que al contribuyente belga no le moleste tanto que sus recursos se vayan a pagar el subsidio de desempleo vitalicio que recibe 1 de cada 6 inmigrantes extracomunitarios, como el hecho de que éstos se nieguen a integrarse en el sistema normativo y cultural europeo.

Pues bien, si en Occidente en general el principal desacuerdo cultural lo representa ya claramente la inmigración, en España aún prevalece esa doble carta que la izquierda ha jugado con más fuerza: el «nuevo feminismo» con sus leyes de discriminación positiva y «lo identitario», que lo mismo sirve a nivel de nacionalismo territorial que respecto de una «identidad ideológica» cuyo reforzamiento a través por ejemplo de que el franquismo esté constantemente en la actualidad serviría para asegurar un sólido suelo electoral. La apuesta se basa quizás en la confianza que aún se mantiene en la extraordinaria eficiencia de toda una generación de boomers del ámbito de la comunicación audiovisual altamente cualificados y muy bien financiados.

Sin embargo, después de que en buena parte de los países europeos y americanos la izquierda esté siendo desplazada de los gobiernos, también en España el modelo parece agotado, como demuestra el 60% de votos a PP más Vox en las recientes elecciones extremeñas. En pocos meses parece que asistiremos, en Aragón, Castilla y León y Andalucía, a un desangramiento del voto de izquierdas que culminará con la llegada al gobierno nacional de PP y Vox.

Ahora bien, en lugar de hacer autocrítica, una buena parte de esa izquierda parece no haber entendido nada y persiste en seguir menguando su supuesta base electoral con conceptos como «fachapobre» o «fachalería», no asumiendo ningún grado de responsabilidad en el hecho de que, si los menores de entre 18 y 25 años son mayoritariamente de derechas y el 36% de los varones de esa edad manifiestan su preferencia por Vox, es por razones fácilmente comprensibles. 

Porque obviamente no es que los jóvenes, los extremeños o en general los españoles más precarizados se hayan vuelto fachas de repente, es que la izquierda gobernante les ha abandonado, con políticas diseñadas para venderse bien en los muros de Instagram y Facebook, no en los polígonos industriales ni en los barrios, ni en la España vaciada, ni a los millones de jóvenes que no pueden acceder a una vivienda y/o tienen que pedir ayuda a sus padres y abuelos.

El mundo de los boomers, ese que ha visto la mayor época de paz y prosperidad de la Historia con un crecimiento constante, se termina. Han sido muchas décadas y eso ha hecho creer a buena parte de nuestra clase política que podíamos permitirnos el lujo de dedicarnos a discusiones bizantinas y a pensar exclusivamente en las próximas elecciones, pero tenemos que entrar por fin en el siglo XXI y eso implica que las divisiones salidas de la 2ª Guerra Mundial deben terminar y que los que viven de la división deben ser apartados, porque el enemigo no son «los rojos» o «los fachas»: unos y otros hemos contribuido a la consolidación de las democracias liberales y somos esencialmente lo mismo si nos comparamos con el enemigo real, que son las sociedades totalitarias, las teocráticas y las que no lo son.

Juan Carlos Álvarez es alcalde de la localidad de Sabero
 

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