En las calles de Madrid, que rebosan de vida y se iluminan con destellos festivos en preparación para la Navidad y el Año Nuevo, uno camina rodeado de adornos deslumbrantes y un ambiente encantador. Sin embargo, dentro de mí habita una sensación constante de extrañeza… como si esta alegría no me perteneciera, como si mi corazón permaneciera dividido entre dos lugares: aquí, donde brillan las luces, y allá, donde reina la oscuridad en Gaza.
En el corazón de esta ciudad europea tranquila, cargo con el peso de las imágenes de guerra que no abandonan mi memoria. Frente a los carteles de ofertas, las sonrisas de los compradores y la música en las plazas, surgen en mi mente escenas de niños en Gaza buscando entre los escombros a quienes sobrevivieron.
Recientemente, un ataque israelí alcanzó una boda celebrada en una escuela de refugio… una boda. Una celebración sencilla, robada de entre los restos de una vida devastada. Un intento desesperado por crear un instante de luz en una ciudad acostumbrada a la oscuridad. En cuestión de segundos, se convirtió en un gran funeral. Novios, familias con flores y deseos, terminaron en charcos de sangre. ¿Qué clase de mundo teme más la felicidad de un palestino que su propia voz?
Lo que ocurre hoy en Gaza no es simplemente una guerra; es una deshumanización. Una muerte progresiva que se ejecuta con frialdad. Israel ha pasado de los bombardeos masivos a los ataques fragmentados… como si intentara decir al mundo: nos hemos detenido. Mientras la realidad es que la muerte continúa, solo con un sonido más bajo.
Y lo que más me duele no es solo la magnitud del crimen, sino el silencio del mundo. El silencio de aquellos que prefirieron enterrar sus conciencias bajo montones de noticias manipuladas y discursos políticos estandarizados.
Nos encontramos ante semanas de celebraciones, pero estas fechas también nos recuerdan una verdad que muchos no se atreven a mencionar: si Cristo apareciera entre nosotros hoy, el hijo de Belén, el palestino, ¿permanecería indiferente?
¿Aceptarían sus ojos que se celebrara su nombre mientras su pueblo es masacrado?
En este mundo aún existen corazones que laten por la justicia. Los vemos en quienes insisten en levantar la bandera de la humanidad; en las actividades solidarias, exposiciones artísticas, murales que gritan con los colores de Gaza, talleres que enseñan el significado de la solidaridad, e incluso en obras que representan a Jesús entre las ruinas de Gaza para transmitir lo que no logran los medios ni la política.
No culpo a quienes celebran ni les niego su alegría; la alegría es un derecho.
Pero sueño con un día en el que sea un derecho para todos, no un privilegio para algunos.
Un día en el que las fiestas sean verdaderas fiestas para todos: en Madrid y en Gaza, en Belén y en Jan Yunis, en Europa y en Sudán.
Les deseo unas fiestas felices y una Navidad llena de gozo, pero deseo –aún más justicia y misericordia para aquellos que llevan años buscando un instante de alegría sin poder encontrarlo.
Ramzi Albayrouti es un periodista palestino refugiado en León