Alfonso Martínez color

La fiebre retro

10/09/2026
 Actualizado a 10/09/2026
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Una pena que la fiebre retro de los años ochenta que satura estos días nuestros móviles se vaya a quedar solo en una moda pasajera más, en un trend, como se dice ahora. Una pena que solo sea una patochada más de la inteligencia artificial, que ha llegado para quedarse y ocupar el lugar de buena parte de nuestras neuronas, como si no hubiéramos perdido ya bastantes a cuenta de la sobre dosis de pantalla de estos últimos años. Una pena que no nos fijemos en aquella época para algo más que vernos con actitud rebelde, el pelo un poco alborotado y ropa ajustada y de colores vibrantes.

No obstante, mi madre encontró el otro día en el paraíso redipollejo el traje con el que salí a la calle por entonces con apenas unas horas de vida y no se parecía en nada a lo que veo estos días en los enredos sociales, así que no caeré en la tentación. Y no solo porque un tonto hace cientos si le dan lugar y tiempo, sino también porque, aunque sé que hay cosas que solo encuentra una madre, no me fío nada de los duendes del artificio y tengo cierto temor a cómo ataviarían mi precioso rostro y mi esbelta figura.

Decía que es una pena que solo nos fijemos en aquella época por un tema de imagen y estemos a punto de tomar paracetamol para que nos baje esa fiebre retro antes de recordar otras cosas importantes que bien nos vendrían ahora. Eran los tiempos de quedarte sin ir al pueblo si no aprobabas todas, de hacer carreras con la bici y jugar al escondite, de llevarte una hostia si cabreabas a los abuelos, de los cuadernos de vacaciones o de leer las aventuras de ‘Nico’ en Ala Delta o ‘Fray Perico y su borrico’ en El Barco de Vapor.

Una época en la que no parecía que todo estuviera inventado ya, en la que la imaginación aún echaba a volar y en la que había vida más allá de una pantalla. Una época en la que ser un jovencito con ganas de crecer no estaba reñido con sumergirte en las páginas de un libro para leer más de 280 caracteres, en las películas de Tintín para ver vídeos que superasen los veinte segundos o cantar con una cinta de Manolo Escolar para superar el tiempo de escucha que se le dedica al camarero cuando recita las tapas.

Esa inmediatez, esa ausencia de la cultura del esfuerzo, esa convicción de que lo tendrán todo antes de pedirlo y sin necesidad de trabajarlo es lo que hace que nuestros jóvenes vayan cada vez peor en comprensión lectora. Y no digo que las matemáticas y las ciencias sean menos importantes, pero sí que los problemas en estas últimas materias derivan en buena medida de los de la primera.

Por supuesto, los políticos se echan la culpa unos a otros. La Junta dice que el engendro autonómico sigue en puestos de cabeza a pesar de lo mal que lo hace el Gobierno, que va a analizar las diferencias entre comunidades para descubrir las causas de la caída, como si los vaivenes legislativos que ha impuesto en materia educativa y la disgregación del sistema no tuvieran nada que ver. 

Pero no se confunda, avezado lector, lo suyo es puro teatro, porque a todos ellos les interesa una sociedad sin criterio que no piense en demasía y se deje pastorear a través de un simple tuit.

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