El burka no es precisamente la prenda que más favorece a la mujer. Aunque está asociada a la religión musulmana, su utilización no se fundamenta en los cinco pilares del Islam, sino que solamente es obligatoria en algunas ramas del Islam. El Islam tiene muchas ramas y no todas son iguales. El tema del burka está de moda porque el PP y VOX han hecho la propuesta de que se prohíba en España, como en otros países europeos. Lo sorprendente es que una parte de la izquierda feminista y progresista ha votado en contra de esta propuesta, por ser una iniciativa de la derecha. Sorprendentemente, algunos y algunas lo han justificado basándose en el derecho a la libertad religiosa. Una libertad que no siempre defienden para los cristianos. Por esta misma regla de tres deberían respetar también a la ley islámica cuando dice que, si una mujer es sorprendida en adulterio, ha de ser condenada a muerte por lapidación.
Siendo objetivos, el derecho a llevar burka no sería tanto un derecho de la mujer, cuanto un derecho del marido a tenerla tapada para que nadie se fije en ella. A estos maridos, aunque en teoría les gustaría defender aquello de «la mujer con la pata quebrada y en casa», la utilización del burka tiene la ventaja de que les permite salir a la calle sin que se corra el peligro de que alguien quede prendado de su hermosura. Ante las reacciones que estamos viendo últimamente, da la impresión de que muchas feministas están de acuerdo de que algunos maridos puedan imponer el uso de esta prenda tan fea. En todo caso, por nuestra parte, nos atrevemos a defender que ellas, las que presumen de feministas, si así lo desean, puedan ponerse el burka, libremente, con tal de que no sea por imposición de sus maridos.
Me viene ahora la memoria lo que contaba mi abuela materna, que en gloria esté, cuando un matrimonio de los que con su carromato y su caballo mendigaban por los pueblos, acampó en mi pueblo. El marido le estaba pegando una paliza a la mujer y mi abuela no pudo menos que acercarse y reprenderlo por comportarse de manera tan salvaje con su esposa. Lo sorprendente fue que la esposa le dijo a mi abuela: «Señora, no se meta donde no le llaman. Él es mi marido y puede hacerme lo que quiera» (sic). ¿Piensa ahora lo mismo toda la progresía? No deberían, pero tendrán que aclararse. En todo caso tampoco me extraña mucho, dado que alguna de esta gente es la misma que quiere que la Constitución blinde el supuesto derecho de la madre a matar al hijo de sus entrañas.