Pero en realidad, cada «no» que hemos dicho ha abierto la puerta a un «sí».
Sí a vivir sin miedo.
Sí a elegir nuestro camino.
Sí a un mundo más justo para todas y todos.
El feminismo no es odio, es confianza.
Es creer que podemos cambiar lo que nos dijeron que era inamovible.
Es mirar a nuestras hijas y saber que tendrán más oportunidades que nosotras.
Es mirar a nuestros hijos y saber que podrán ser hombres sin disfraz de dureza.
Cada avance que hemos logrado –desde el derecho al voto hasta la corresponsabilidad en la crianza– nació de una certeza compartida: que otro mundo era posible.
Y eso, en esencia, es esperanza.
La esperanza de que las violencias no sean eternas.
De que la igualdad no sea un sueño, sino costumbre.
De que la libertad no se herede solo en los libros, sino en la vida diaria.
Feminismo es esperanza porque no se rinde, porque incluso en los retrocesos sabe que la historia no camina hacia atrás.
Porque cada vez que una mujer se atreve a alzar la voz, otra la escucha y se atreve también.
Porque cuando un hombre se cuestiona y cambia, otros descubren que hay otra forma de estar en el mundo.
El feminismo no es solo una lucha: es una promesa.
La promesa de que lo que hoy parece imposible será mañana memoria.
De que los pasos que damos no se borran, se multiplican.
Por eso, cuando me preguntan qué es para mí el feminismo, no pienso primero en pancartas ni en teorías.
Pienso en esperanza.
En la esperanza de que cada generación viva un poco más libre que la anterior.
Y de que, algún día, esa libertad ya no tenga que defenderse: solo celebrarse.
Feminismo es otra palabra para decir «esperanza»
17/01/2026
Actualizado a
17/01/2026
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