La división del tempus en días, semanas, meses y años es el resultado de una larga evolución a través de los siglos, además de la aportación de diferentes culturas. Los babilonios crearon la semana de 7 días, mientras que los egipcios dividieron el año en 12 meses lunares. Julio César, que con Pompeyo y Craso formó el primer Triunvirato, implementó el calendario juliano en el 46 a.C. estableciéndolo en 365 días, con un día extra cada cuatro años (bisiesto), y manteniendo los 12 meses. Finalmente, el Papa Gregorio XIII reformó el calendario juliano en 1582 creando el gregoriano, el mismo que se utiliza a día de hoy.
En las primeras horas del nuevo año, cuando la fiesta sube decibelios, surge una costumbre enraizada y persistente: ¡Desear feliz año nuevo! Y no es solo un gesto de cortesía, no, es una necesidad colectiva o un cuasi ritual que nos confirma que todavía pensamos en la posibilidad de que las cosas mejoren.
La esperanza vuelve a abrirse paso incluso en tiempos inciertos, ya que cada mes de enero trae consigo la oportunidad de resetear la mirada e imaginar futuros mejores y en esa ilusión humilde y frágil a la vez que poderosa es donde muchos encuentran el impulso para seguir adelante. Quizá por eso repetimos los deseos como mantras: que haya paz, que no falte el trabajo o se resienta nuestra economía.
Pero, entre todos los buenos augurios, uno destaca con fuerza renovada: ¡la salud!, dado que los últimos años nos han recordado con crudeza que nada brilla más que lo cotidiano… cuando estamos sanos. Por eso, en este cambio de calendario, pedir salud no es una frase hecha, no, es una declaración de prioridad y gratitud.
Que el nuevo año nos encuentre con energía para perseguir lo que soñamos, y con ilusión suficiente para intentarlo otra vez con la serenidad que da saber que el porvenir puede mejorar y sorprendernos. ¡Feliz año nuevo! Salud.