18/06/2026
 Actualizado a 18/06/2026
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Nunca pensé que una bolsa de pan tostado de euro y medio, una lata de sardinas de dos euros y una botella de vino blanco de dos euros y medio valían tanto. Hasta que, quizá demasiado tarde, me di cuenta de que lo que en realidad valía era con quien compartía tan suculento banquete comprado ‘a tragalaperra’ en un popular ‘supermercadona’ por miedo a que se me hiciera tarde para llegar al paraíso redipollejo con el único fin de estar horas y horas sin hacer nada y al mismo tiempo haciendo lo que más se debería hacer en este peregrinar que es la vida: disfrutar de la menguante cantidad de personas que realmente merecen la pena.

Muchos de ustedes, avezados lectores, no tienen por qué saber quién era Felipe, quién es, porque somos muchos los que no le olvidaremos nunca, pero era un poco el padre que me faltó demasiado pronto, el tío al que veía como a un amigo, el abuelo que me echaba la bronca más de lo que me habría gustado –pese a que en el fondo tenía siempre más razón que San Bartolo– y el primer vecino en levantar la persiana para saludar a quienes madrugaban un poco menos que él y regar la calle con la camisa a medio abotonar. Y también era el mejor compañero de mus, que después del pan tostado, las sardinas y el vino blanco era nuestro segundo deporte olímpico en esas largas tardes de verano que para quien junta estas letras tienen ya mucho menos sentido.

Claro que nunca me va a faltar una cerveza en la puerta de al lado, pero a todos nos va a faltar algo cuando intentemos hacer como que nada ha pasado. Decíamos ayer –y quien dice ayer dice hace dos semanas en estas mismas líneas– que el paso del tiempo hace que las ausencias sean más notables y las presencias se vayan difuminando en la vorágine social en la que nos hemos metido nosotros solitos.

Y qué poco tiempo ha tardado Felipe en darme la razón al irse, pero ahí seguiremos, porque al fin y al cabo es lo que él querría. No les voy a pedir a Pablillo y a Miguelín, sus nietos, sus dos ojitos derechos, que saquen la manguera cuando aún no da el sol en La Pedrera, pero sí que se no olviden de quien lo hacía porque tenía en esas cosas su vida entera.

Nada le hacía más feliz que tener a toda la familia en casa. Si saludaba a los turistas que llegaban al paraíso redipollejo como si los conociera de toda la vida y nos quería tanto a los que simplemente le abríamos la portona para tomar un vino, imagínense lo que sentiría por quienes siempre estuvieron ahí, que eso sí que es un deporte olímpico, estar siempre ahí. No hay medalla más brillante ni título más prestigioso que estar siempre ahí, aunque los vientos de la vida soplen fuerte, como tantas veces cantamos mientras paseábamos. Y aquí estaremos pese a todo, como el junco que se dobla pero siempre sigue en pie. Siempre en pie, Felipe, siempre en pie.

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