Hablando esta semana con un amigo muy culturalista, me escribía que «con lo feliz que era uno viendo elMundial, ahora viene lo duro otra vez» y la verdad es que le daba vueltas y era complicado quitarle la razón.
Aún tragándome bastante Mundial, viendo con emoción los partidos de España y alegrándome mucho obviamente de su victoria, reconozco que llegaba el día de la final y no tenía ni una gota de nervios, absolutamente nada que ver con ese partido en el que por ejemplo la Cultural se juega el ascenso o que simplemente es muy importante para lograrlo.
Se hizo debate en redes durante ese fin de semana del España-Argentina de esa pregunta sobre si se prefería ganar el Mundial o un ascenso de tu equipo y, la verdad, es que prefiero las dos cosas, pero si me obligan a elegir ya no es que no tenga dudas, es que si me bajas a si prefiero un ‘playoff’ sin saber luego qué sucede en él también te lo escojo.
En cualquier caso, es una gozada lo que nos ha hecho vivir la selección. Los que crecimos con aquella ‘maldición de los cuartos’ que ahora suena tan lejana, pero que en su momento se convirtió casi en tradición, disfrutamos ahora con haber convertido en costumbre el ganar y con ser los privilegiados de haber visto los dos únicos Mundiales de España en toda su historia.
Me encanta este torneo porque es el único en el que todos vamos a una. Los de un equipo y su rival, pero también aquellos a los que les gusta menos el fútbol pero en este tipo de competiciones se enganchan.
Las muestras de alegría en León fueron visibles. La colección de pitidos tremenda. El gentío por las calles de León, enorme. Me da pena eso sí que, al contrario que en prácticamente todas las ciudades españolas, no se pusiera una pantalla gigante para que la gente pudiese verlo.
He de decir que yo no hubiera ido ni loco ahí. De hecho salió la conversación y yo dije que ni aunque me pagaran, que un momento histórico así merece verlo en condiciones y con tu gente, no con riesgo de que alguien te destripe el gol por una aplicación de móvil y esquivando cabezas. Sin embargo, los jóvenes y aquellos menos futboleros lo disfrutan y merecían no ser una de las escasísimas capitales de provincia que no tuvieran la opción de verlo de esa manera. Un punto negativo y sin explicación convincente (ni no convincente, que luego da lugar a especulaciones) para no haberlo llevado a cabo.
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