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Federico García Lorca, luz de agosto

24/08/2026
 Actualizado a 24/08/2026
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Noventa años han pasado desde el asesinato de Federico García Lorca (ocurrió en la madrugada del 18 de agosto de 1936). En torno a su figura no sólo ha crecido la memoria del poeta, un poeta inmenso, sino también esa memoria de las sombras y de la tragedia, esa memoria del horror de quien representa el sufrimiento causado por la barbarie. Noventa años han pasado del crimen, y Lorca se ha convertido en la luz que nos ilumina cada agosto desde aquella madrugada de tiniebla, la luz que derrota aquella oscuridad. 

En los años anteriores a su trágica muerte, Lorca había desarrollado una gran pasión por el norte y por el noroeste. El poeta andaluz estaba abierto a todas las corrientes y a todos los vientos, empujado por la necesidad de llevar la cultura de los clásicos a todos los lugares del país, siguiendo los pasos de los famosos programas de las Misiones Pedagógicas de la República, y, particularmente, con esa gran empresa dedicada a extender la cultura popular que fue La Barraca. Muchas de las fotografías que se conservan de Lorca corresponden precisamente a algunas de esas giras con la compañía de teatro, incluso la que parece ser la única imagen en movimiento que se conserva del poeta, una ya muy famosa en la que se le ve sonriendo en la parte trasera de una furgoneta de La Barraca. Manuel Menchón encontró en una lata estas imágenes inéditas de 1932: un tesoro.

Más allá de su relevancia como poeta, como gran icono de la literatura del 27, Lorca fue, en efecto, un personaje muy cercano a todas las manifestaciones de la cultura, a ese intento loable de la República de extender el conocimiento de los clásicos a través del teatro (como hicieron los fundadores del Abbey Theatre en el Irish Literary Revival en Irlanda, prácticamente durante los mismos años: de esto hablaremos más adelante). Lorca aparece rodeado de sus amigos de la cultura en diversos lugares, se interesa por otras lenguas, por manifestaciones de la modernidad de otros países, disfruta con el contacto directo, nunca es un poeta encerrado en una torre de marfil. Su viaje de estudios de 1916, cuando Federico tenía sólo dieciocho años, contribuyó decisivamente a su formación y a su talante abierto. Hay muchas referencias a ese viaje de estudios, que le llevó, como se ha escrito mucho durante estos días, por Castilla, León y Galicia. El Lorca posterior tiene mucho que ver con este descubrimiento de juventud de las tierras del norte y del noroeste, de eso no hay ninguna duda. También por entonces conoció a Antonio Machado, en otra gira de formación, semejante, por el sur de España. Lorca dejó constancia de lo que el descubrimiento de otros lugares del país supuso para él, y para la construcción de su poesía. No sólo en su primer libro, ‘Impresiones y paisajes’, sino en las diversas referencias que tenemos de los que le acompañaron y le conocieron en esos viajes. Lorca habla, por ejemplo, de la impresión que le produjo una Compostela y una Galicia, que llama esmeraldina, y de cómo su totémico color verde alcanzó nuevos significados en estos viajes de norte. La lluvia penetra también en su corazón. Y quizás por eso terminó escribiendo los famosos ‘Seis poemas galegos’, bellamente publicados, con apenas 250 copias, en la muy mítica imprenta Nós, que regentaba Ánxel Casal (que anteriormente había fundado Lar, con Leandro Carré Alvarellos). También Casal fue detenido y ejecutado en agosto del 36, como el propio Lorca, cuando era alcalde de Santiago de Compostela. Henrique Alvarellos, un gran editor gallego contemporáneo, realizó una hermosa edición facsimilar de estos ‘Seis poemas galegos’ de Federico, tan emblemáticos, y, publicó algunos otros libros en trono a la relación del poeta de Fuente Vaqueros con las tierras del norte. En particular, sobre ese viaje de estudios de 1916 que venimos mencionando, y que descubrió un mundo nuevo a García Lorca, cuando aún era tan joven.

1932 y 1933 serían años decisivos para La Barraca, que activamente recorrió el norte y el noroeste, incluyendo, claro a León. Lorca visitó Santiago de Compostela, por ejemplo, hasta en tres ocasiones en 1932. Luego vendría, como dijimos más arriba, el momento de la publicación de sus ‘Seis poemas galegos’, ya con Federico muy ligado a varias personalidades de la cultura de Galicia: la publicación de esos poemas en Nós tendría lugar sólo ocho meses antes de su asesinato. De 1932 tenemos fotos de Lorca en las escaleras de la Praza da Quintana en Compostela, con su mono azul de La Barraca (esa foto inspiró la estatua levantada al poeta en la ciudad). Y siempre recuerdo esa otra instantánea grupal que el poeta se hizo en Santa María del Azogue, en Betanzos, concretamente al lado del cruceiro que adorna la plaza, y que, por supuesto, se conserva (cada vez que voy, me hago una foto allí). La conexión de Lorca con Galicia en 1932 fue muy potente, y también la fascinación por su lengua. En 1933, en pleno auge de las giras de la compañía de La Barraca, Federico se acercó de nuevo a León, como en 1916, y dio esa famosa entrevista en el Café Victoria a Ricardo Cabal y Francisco Pérez Herrero, para el rotativo La Mañana. De esa mítica entrevista se ha escrito mucho y muy bien estos días en la prensa leonesa, pero, a modo de apunte rápido, cabe recordar aquí la peculiaridad de las palabras de Lorca, quizás más provocadoras que en muchas otras de sus entrevistas, incluso leídas hoy, con referencias a la política cultural y a las relaciones entre literatura e ideología.

Lorca fue un seguidor de John Millington Synge, el gran dramaturgo irlandés al que Yeats nombró director del Abbey Theatre. La Barraca quiso ser una forma de promocionar la cultura como el Abbey. Asistió en 1921 a una representación en el Ateneo de Madrid de ‘Jinetes hacia el mar’, que habían traducido Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez. Se dice que la idea de la mujer en la obra de Lorca parte de la visión femenina de Synge.

De todo esto hablé, con pasión, hace apenas tres años (y lo conté aquí), con el gran Ian Gibson, quizás el máximo investigador lorquiano y un intelectual generoso, cuya conversación (como su literatura) es siempre emocionante. Gibson vivió para Lorca y con la luz de Lorca, su vida no se puede entender sin el poeta de Fuente Vaqueros. Y sin esa Fundación y esos archivos. Pero, sobre todo, sin esa emoción. Gibson se imbricó en las cosas de España con los estudios de español en el Trinity, y de ahí, ese lento y decisivo viaje sentimental hacia la Costa Brava primero, los cursos de la Complutense en verano, y, por supuesto, Granada, siempre Granada.

Ian Gibson es uno de los investigadores a los que menciona, como fuente imprescindible, Víctor Fernández, que ha preparado una excelente edición de las cartas en torno a la familia de García Lorca. No es su primera incursión en estos territorios, pero quizás sí la mejor y la más sistemática. El libro, publicado por Akal justo ahora, 90 años después del asesinato del poeta, se llama ‘No te olvides de escribir’, y ofrece, como decimos, una singularísima mirada al interior de Lorca y, sobre todo, su relación epistolar con sus padres. Su madre, Vicenta Lorca Romero, será fundamental en la vida literaria del poeta (le dijo que mostrara su teatro a Margarita Xirgu), una vida en un entorno culto, desde luego, marcado finalmente por la gran tragedia. Este es un libro íntimo, doméstico, de Lorca, que nos lleva sin máscaras a su emoción como hijo que viaja hacia la gran aventura de convertirse en el primer poeta de España. Creo que leerlo hará justicia a esta fecha en la que las sombras del asesinato de Lorca vuelven a nosotros, aunque su luz nunca dejará de brillar.

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