Angel Suárez 2024

La fea, el bueno y el malo

26/09/2026
 Actualizado a 26/09/2026
Guardar

Más de una vez critiqué en estas páginas la extinta fuente de la Glorieta Carlos Pinilla, por parecerme un espanto tanto desde el punto de vista artístico como desde el urbanístico. Parece que mi opinión coincidía con la de muchos leoneses y con la de la mayor parte de los residentes en el barrio de Pinilla, y finalmente la presión del grupo municipal de la UPL llevó a la corporación a tomar la decisión de derribarla. Ahora la hierba ocupa el espacio central de la glorieta a la espera, al parecer, de que se coloque una escultura.

La decisión municipal fue mayoritariamente aplaudida, pero no faltaron en las redes sociales defensores del armatoste, como se conocía popularmente a la desaparecida fuente.

Se quedó pensativo mi amigo Antonio Barreñada cuando comentaba con él este asunto. Barreñada, como es un santo –no lo digo en sentido metafórico–, no entró en debates artísticos o en cuestiones urbanísticas, sino que pensaba únicamente en cómo se sentiría el autor de la obra. Pero además me contó una anécdota que invita a la reflexión. Resulta que en 1789, cuando se inauguró la fuente neoclásica de la Plaza del Grano, con sus niños desnudos representando el Bernesga y el Torío y su escudo de León, cierto periódico de Madrid la eligió como la más fea de España. Si las autoridades le hubieran hecho caso la Plaza del Grano no luciría hoy de la misma forma. Demoler un elemento concebido para el ornato urbano, con intención artística y de permanencia, tiene siempre un cariz un poco talibán.

Sin embargo, sigo pensando que en este caso salimos ganando. Mantengo una cruzada personal en pro de la belleza porque me ha tocado vivir una época en la que se la pisotea a diario en todos los ámbitos, desde la música hasta la arquitectura. Porque me apena que para contemplarla tengamos que remontarnos, casi siempre, a otros tiempos más civilizados. Es cierto que toda forma concreta de expresión artística, por fea que a uno le parezca, encuentra algún espectador que acoge su mensaje, que se identifica con ella. Pero cuando, como en este caso, no se trata de una obra para ser disfrutada en un museo por aquél a quien le guste, sino de una destinada a ocupar el espacio público, la calle, que es de todos, creo que debe imponerse la prudencia, y que deben rechazarse las formas de expresión más radicales que sólo satisfacen el gusto de unos pocos.

Con todo, al margen de que la finalidad de esta columna, como la de casi todas las que perpetro, sea suscitar la reflexión y el debate, mi conclusión personal no tiene que ver con el arte ni con la belleza. Es de otra índole ¡Qué buena persona es Antonio Barreñada!

Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora
Lo más leído