«La primera vez que te vi, yo me enamoré locamente de ti. Tu fascinación, en su sensación, me hizo ver la vida con todo su encanto…», cantaba, a ritmo de bolero, Sara Montiel paladeando las palabras de modo sinuoso con esa sensualidad que la era innata.
Fascinación: la magia del estreno; el primer día de colegio, la primera escapada en soledad, un flechazo, el primer beso, el primer día que posaron a ese bebe recién nacido en tus brazos…
El asombro de la novedad, que desató todo un torrente de sensaciones en tu estómago llevándote en volandas durante un tiempo que siempre te pareció deliciosamente corto.
Y tu cerebro, que se dejó seducir por la primicia. Esa cualidad que los neurocientifícos ponen en valor cuando inciden en la necesidad del aprendizaje desde el asombro. Y en ese momento del descubrimiento cuando se comienzan a generar impulsos eléctricos a través de respuestas neuronales que movilizan todo el sistema hormonal y nervioso a través del hipotálamo.
Es tranquilizadora la afirmación de la psicóloga experta en educación Catherine L’Ecuyer: «lo que causa asombro es la belleza de la realidad», porque eso matiza la necesidad de que para generar fascinación haya que buscar siempre la novedad de forma compulsiva. No se trata de buscar continuamente sensaciones de vértigo. En ocasiones es suficiente con cambiar el orden de las prioridades y detenerse a deleitarse en la mudanza para comprobar con sosiego sus efectos.
Otras veces, una tenue pincelada puede renovar lo cotidiano, como el aroma de un nuevo perfume en su pelo percibido en el momento justo, o la caricia de una mano amiga, que creías alejada y que ha regresado para rescatarte en un momento de bajón.
Y pareja a la fascinación debe ir la atención. Cuántas cosas nos perdemos por permanecer absortos. La física y doctora en neurociencia Nazareth Castellanos, autora del ensayo ‘El espejo del cerebro’, afirma que según un estudio de la Universidad de Harvard de 1914, permanecemos en un estado de ‘piloto automático’ aproximadamente la mitad de nuestro día. Ello nos aísla de la consciencia y nos aleja de la posibilidad de palpar la realidad. Así es imposible dejarnos seducir por lo habitual si siempre vivimos ‘de soslayo’.
A veces la solución es tan sencilla como levantar los ojos para mirar el discurrir del río, cuyo puente atraviesas cada día, ignorando el cambio del curso del río, o perderte por un camino selvático e inhóspito para dejarte cautivar por los cientos de amapolas que eclosionaron pespunteando el campo.
Mirar con ojos nuevos lo que ya hemos creído ver muchas veces y no es en absoluto caduco.
Quizá, lo hayan convertido en marchito nuestros ojos, cansados de mirar hacia ninguna parte en busca de la fascinación.