En prensa también se pueden leer buenas noticias, como las que en los últimos días informaban del fin de los ‘influencers’. Sin embargo, como ya ha ocurrido antes con tantas otras crónicas de muertes más o menos anunciadas, conviene tomar con cautela estos toques a difunto. Sirvan como ejemplos esos prematuros anuncios de Nietzsche con Dios, de Millán-Astray con la inteligencia, de un plañidero Arias Navarro con Franco o de tres cobardes encapuchados con ETA. Sin caer en desafortunadas comparaciones, lo cierto es que las celebridades de internet también han alcanzado enormes cotas de poder y, por tanto, la caída de sus legados tampoco va a resultar sencilla.
Apuntan esas informaciones sobre la muerte de los ‘influencers’ y algunas barras de bar a que su público se ha cansado del verano eterno, de la publicidad encubierta, de tanta gaita. Supongo que el postureo sea un arma de doble filo en tanto que recuerda a quien está al otro lado de la pantalla que sus aspiraciones socioeconómicas, o sus ‘likes’, siempre pueden ser mayores. En la era de la competencia, de la comparación, esto tiene sus consecuencias: desde cagar en piscinas hasta imitar animales por las calles. La última, ‘farmear aura’ como auténticos gilipollas.
Mención aparte merecen los imitadores de ‘influencers’, esos que no viven de las marcas pero las etiquetan en las prendas que lucen en un ‘selfie’ de cuerpo entero frente al espejo. Los del «muchos me estáis preguntando por…». La creída del barrio o el tonto del pueblo, los de toda la vida, pero con un cacharro en la mano para demostrar 24/7 lo creída o lo tonto que pueden llegar a ser. La misma pereza, cero ingresos.
Habrá quien considere que esta columna es demasiado ‘hater’, o cualquier otra palabra en inglés que sustituya una más precisa y bella que tengamos en nuestro idioma, pero de verdad que estoy convencido de que podemos pasar sin que otro tipo publique un vídeo de las cinco anécdotas de León que ya sabemos todos («quédate hasta el final, la última te volará la cabeza»), sin otra ‘gastroinfluencer’ gorroneando en familia y con la boca llena por restaurantes de la Maragatería o sin el mazado de turno contando su día mientras hace ejercicio en el Victoria. No al todólogo negacionista del sillón de ‘gamer’. No a la pija blanca fotografiando al niño negro en un voluntariado en África. No a los políticos apesebrados que viven de calentar ‘Twitter’. No a esos creadores de contenido que su talento se reduce a fusilar el trabajo de otros. No a tanto cartelito de inteligencia artificial. No a las redes sociales como razón de ser. No a quienes hacen negocio de la desgracia o del aborregamiento.
Soy poco optimista con esa muerte anunciada de los ‘influencers’. El poder del algoritmo y el lucrativo sistema de puntuación social de este chiringuito imposibilitan que sea de los que caen de un día para otro. Sin embargo, confío en que al menos el abuso de este artificioso sainete lleve a que más pronto que tarde todos alcancemos una mayor conciencia de que la vida está siempre, a cada segundo, al otro lado de la pantalla. Una autenticidad que nos salve de nuestras propias criaturas. Un aura que no necesite ser ‘farmeada’.
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