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Familias reales

12/04/2026
 Actualizado a 12/04/2026
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El pasado día 5, Juan Carlos I acudió a una corrida de toros en la plaza de La Maestranza, Sevilla. España, para más señas: desde unos 8000 km de su actual residencia personal y fiscal, vino a visitar a parte de su familia y ver cómo mataban unos animales en público. Como consecuencia de ello se tomó una fotografía peculiar, la que ven aquí. En ella, el rey emérito se sienta rodeado de su hija mayor, Elena, y una corte y cohorte de matadores de toros vestidos de distintos tonos cromáticos. 

De inmediato viene a la cabeza Goya y la Familia de Carlos IV, en el Prado. Ese famoso cuadro de gran tamaño ofrece versión borbónica de ‘Las meninas’ que el aragonés, a la sazón pintor de cámara, ejecutó para complacer a sus clientes, reunidos en una escena familiar idílica si no supiéramos nada de historia, nada de ellos. Así debería ser y así funcionaban las imágenes del poder en el régimen prerrevolucionario: eran una declaración perfectamente rebatible que nadie podía rebatir. En el lienzo goyesco, aparte la pareja real y otros, se encuentran el hijo mayor, Fernando, llamado a traicionar al padre y deponerlo, aparte de convertirse en el peor de los reyes españoles (puesto muy competido) o el hermano de este, que liderará el levantamiento contra la entronización de su sobrina, Isabel, dando pie a las turbulentas y dramáticas guerras carlistas. Y etcétera. No entremos en más detalles.

Como es obvio, la monarquía es una institución basada en el derecho sanguíneo, en una legitimidad de familia. Pese a esa evidencia, desde el principio de los tiempos se ha provisto de familias que hoy llamaríamos disfuncionales, siendo generosos. No hace falta acudir a las tragedias de Shakespeare o a las series de Netflix para saber cómo se comportan por dentro (y a menudo por fuera) las dinastías reales, solo hace falta leer algún libro de historia o el Hola.

El retrato de La Maestranza confirma y prolonga una tradición, con su estudiada escenografía y pose, dignas de tragicomedia cortesana. Pero la fotografía del casi nonagenario Juan Carlos I junto a su primogénita y los toreros es también un alarde de disfuncionalidad: familiar, con la sintonía del país, con el tiempo que le toca pervivir y con su propia situación de exiliado fiscal. «No volverá a ocurrir», dijo; pero sí.

En Anna Karénina, Tolstoi advierte de que, a diferencia de las familias felices, las infelices lo son cada una a su manera. También hay una forma muy borbónica, monárquica al fin, de exponer públicamente la miseria moral: aparentar cosa distinta en forma de estudiada imagen de cámara. Con Velázquez o Goya la gran pintura logra que dejemos en un segundo plano esa condición de fracaso encubierto para apreciar la genialidad de los artistas. En esta fotografía el cinismo de un anciano adquiere niveles insólitos de vulgaridad y vergüenza ajena.

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