Los que faltan

27/01/2026
 Actualizado a 27/01/2026
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En el hospital no hay médicos. En la cafetería faltan camareros. No hay tiendas, escasean cajeras en los supermercados, examinadores de autoescuela. Se buscan mecánicos, soldadores, electricistas, fontaneros, técnicos de mantenimiento, conductores… Tiende a infinito la lista del «se necesita», salvo en la de delincuencia, que ahí parece más corta. Y asalta la pregunta, claro: ¿a qué nos estamos dedicando entonces? ¿Somos todos youtubers, tiktokers o tertulianos de Telecinco en este Bierzo al que, si algo le sobran, son críticas por no encontrar un eje de salida? Tal vez ya hayamos dado ese paso que tememos hacia un espacio virtual donde está todo… menos nosotros. Los que nos hacemos preguntas. Los que vemos imposible mover las ruedas del carro sin nadie tirando de él. Ni siquiera el burro. Pasemos al otro lado, a ver, por un segundo, qué se cuece en ese espacio ingrávido de una vida que no existe y que, si la encuentras -como al Equipo A-, quizá puedas contratarla. Por ese agujerito entre lo que tocas y lo que supones aparecen esculturales mozas, tirando a niñas, que te secuestran contándote cómo adelgazar veinte kilos en dos segundos. El discurso es bastante vacío, pero le ponen ganas. Y enganchan. A ti, que ni has pensado en dietas y ya sumas medio siglo, una pequeñaja que miente más de lo que habla, te parece una cucada que sabe lo que dice. Si sigues avanzando por el pasillo de las redes sociales y consigues no despistarte en esas esquinas donde un influencer -otra nueva categoría del asesor comercial de toda la vida- te coge de la mano a cada paso… Si no le haces caso, se deja de cortesías: primero tira de la manga, luego del cuello y casi del pelo. Escapas, como buena investigadora, que has venido a lo que has venido, pero no puedes evitar mirar de reojo el truco del aloe para las manchas de la piel de la chica zamorana. El antes y el después es una pasada. Pero bueno, que lo que yo quería ver por este hueco de irrealidad real era a qué nos estamos dedicando ahora para llenar las nóminas. Porque digo yo que habrá alguien cotizando: a fin de mes salen los números. Los políticos -que de esos no escasean- dicen que sí, que vamos bien, así que en algún sitio tendrán que meterse. Esquivados los que casi me arrancan la cabellera veo un precipicio y, aunque sea en esta vertiente de vida virtual, asusta. Joder, si hay que hacer cola para asomarse… A ver, a ver. Están todos. Echo cuentas. Nicolás, el de la tiendina. El dentista. Ese es el carnicero, me parece, aunque como está llorando tampoco lo podría asegurar. Le saco una foto y le pregunto a Google, que lo conoce mejor que yo. Mira Pedrín, el que estaba en el banco… qué risas cuando me decía que había que «bajarse al Pepe». Era «bajar la app», esa que le quitó el puesto.  Llego a ver el fondo de ese «sin nada» que ellos están mirando. Son algoritmos los que se mueven, sí, como cuentas y fórmulas. Todo muy rápido, con luces de colores que pasan de rojo a verde, como un semáforo. No llegan a tirarse, pero están ahí. Son los que faltan, esperando algo...tal vez, que se ponga en verde.

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