El mundo está perdiendo emoción y grandeza. Hasta hace nada, si llegaba una crisis, lo hacía con vocación de serie de HBO: pandemia global, confinamientos y Fernando Simón compareciendo cada tarde con ese tono tranquilizador que provocaba exactamente el efecto contrario. Aquello sí tenía producción. Y ahora, en cambio, ¿qué nos queda? Un hantavirus que apenas conseguía inquietar a cuatro hipocondríacos, por lo que hubo que recurrir a que el hombre de la almendra volviera a aparecer en televisión. Ahí sí. Ahí el país entero revivió Vietnam. Bastó verlo otra vez para que todos mirasen el rollo de papel higiénico con la tensión de quien escucha un petardo en agosto y piensa automáticamente en ETA.
El problema es evidente: hemos bajado el nivel del espectáculo. Ya nos conformamos con menos y apenas nada nos sorprende. El año pasado aún tuvimos un apagón nacional que permitió a muchos descubrir que el wifi depende de la electricidad. Hubo cierta épica. Pero este año ni eso. Todo parece una secuela barata.
Y la política tampoco ayuda ya a levantar la audiencia. Antes había más tensión, conspiraciones, insultos y corrupción con cierto empaque barroco. Hoy las campañas electorales tienen el pulso narrativo de una circular de recursos humanos. En Castilla y León, por ejemplo, la batalla autonómica fue tan emocionante como una reunión de comunidad para hablar del ascensor. Es verdad que todavía quedan pequeños resistentes del viejo espectáculo nacional. Ahí siguen Ábalos y Koldo, empeñados en mantener viva la tradición del sainete político español entre audios, comisiones y conversaciones que parecen descartes de Torrente, pero poco más.
En Andalucía, mientras tanto, María Jesús Montero intentó insuflar algo de grandeza asegurando que era «la mujer con más poder de la democracia» antes de explicar que había decidido «bajar al barro» y mezclarse con el populacho. Qué honor. La imagen era magnífica: una emperatriz romana abandonando el Senado para descubrir, horrorizada, que el café de bar de carretera no lleva leche de avena. Pero hasta ahí. ¿Alguien se enteró de los debates con Juanma Moreno?
Así que, al final, el único verdaderamente comprometido con entretener al país parece ser el de siempre, Florentino Pérez. Después de despertarse de la siesta, decidió comparecer, convocar elecciones, soltó una machistada, desmintió que se esté muriendo y ofreció una rueda de prensa tan dramática y desorientada que sirvió para explicar a la perfección por qué tiene al Real Madrid como lo tiene. El verdadero showman. El número 1. La última resistencia de la España que piensa en grande. Para muestra, la Superliga que presentó frente a Cristóbal Soria vestido con traje de neopreno.
Y aún falta Mourinho. Que siga el espectáculo.