Ya han quedado atrás las navidades, esos días de xuntanza en los que el vaho en los cristales y el calor del hogar nos recuerdan quienes somos sin necesidad de palabras. Ver a distintas generaciones sentadas alrededor de una mesa, compartiendo regalos y conversación, deja una verdad sencilla: el bienestar de unos y otros late bajo el mismo techo. Pero vuelve la rutina y reaparece el ruido de un discurso tan falso como interesado.
Es una demagogia cuidadosamente construida, que usa las redes sociales como fragua de bulos para inyectar veneno en los móviles de la xente xoven. Les dicen que las pensiones son un robo, que sus propios güelos son culpables de los salarios de miseria, la imposibilidad de emanciparse o la emigración forzada. No es ignorancia, es estrategia: necesitan que los jóvenes miren hacia abajo y no hacia arriba, para que nadie se pregunta quién se queda con la mayor parte de la tarta ni quién continúa saqueando lo público con traje y despacho. Este relato chirría con fuerza allá donde se mire, pero choca frontalmente con la realidad de nuestra tierra. En León, la cuarta provincia más envejecida de España, sabemos bien que el verdadero desgarro no va de edades, sino de un sistema que convierte los años en una trampa. Aquí, el mercado laboral dicta una sentencia cruel a partir de los 55años: demasiada experiencia, demasiado caro, demasiado incómodo. Te cierran las puertas con educación y te empujan a la cuneta. Y, al mismo tiempo, te exigen alargar la vida laboral mientras la jubilación se aleja como un suspiro que nunca regresa.
Demasiado vieyu para un empleo digno y demasiado xoven para descansar. A los 56 sobras; a los 66 te reclaman una juventud que ya te negaron. Los datos desmontan el mito del pensionista privilegiado: la mitad de las pensiones no alcanza los 1050 euros y muchas apenas rozan el Salario mínimo. Una pensión no es un regalo; es un salario diferido, ganado tras años de trabajo invisible y silencioso. En esta tierra de inviernos largos y memoria dura sabemos que el problema no son los mayores, sino un modelo basado en la precariedad y el abandono.
Las pensiones no empobrecen a la juventud: la sostienen cuando el mercado expulsa y el futuro se encoge. Que no nos enfrenten ni nos distraigan con muros falsos. En León sabemos que solo se llega lejos si el camino es compartido y el paso lo marcamos juntos.