¡Pues no va y dice el periódico de la competencia que el ‘Lleunés’ es el idioma romance más antiguo de España! A partir de aquí, uno llega a la conclusión que todo lo que le enseñaron los Hermanos Maristas era una trola más grande que la catedral y que todo lo que leyó después, con el paso de los años, era una mixtificación estúpida de una realidad inexistente. ¡Qué se le va a hacer!, vivimos, por lo visto, en un universo paralelo, de esos de las pelis de ciencia ficción y no nos enteramos de nada.
El castellano (o español), nació, según la ortodoxia, en los recónditos parejes del final de la Sierra de la Demanda riojana, en los monasterios de Suso y de Yuso (qué jamás pertenecieron al Reino de León), y de allí se extendió por casi toda la península. Digo casi toda porque los gallegos y los portugueses hablaban en otra lengua, lo mismo que los polacos del sur, o sea, los catalanes y los vascos, esos tipos tan raros, en otra. Ni que decir tiene que en Al-Ándalus, los árabes, los moros, hablaban el idioma de Mahoma. Por lo visto, en aquella, convivían las cuatro (la de los vascos no cuenta), en perfecta armonía, hasta darse el caso de que el Rey más listo que hemos tenido, Alfonso X ‘El Sabio’, escribió sus ‘Cantigas de Nuestra Señora’ en galaicoportugués..., mira tú la ironía: el Rey de Castilla escribiendo en gallego. La verdad es que todo lo dicho hasta ahora no tiene ninguna importancia, porque uno hace caso de una vieja canción de Víctor Manuel, aquella que decía «en chino y en bable sobran las palabras, que las palabras enredan y tornan oscuras las buenas ideas..., dicen que el Cuélebre solo habla en inglés, alguien lo vio aparecer arrastrando los pies».
Al final, por lo visto, todo se reduce a ver quién la tiene más grande y gorda..., da lo mismo que hablemos del idioma, de la cuenta corriente en el banco o del número de bombas atómicas que guardes en los arsenales. Lo mío es mejor, más antiguo, más caro, más interesante, cuando lo cierto y verdad es que todos los hombres, da igual el color de su piel, su religión, sus creencias políticas, su equipo de fútbol preferido, tiene un halo indescriptible que mejora al mundo.
Por eso es estúpido pensar, pongo por caso, que León es superior en algo a Zamora, a Valladolor, a Avila o a Salamanca, que nuestra tierra es más hermosa, más rica, más peculiar. Es lo mismo que pensaban los alemanes en tiempos de Bismarck o de Hitler, los ingleses cuando la Reina Victoria o los yanquis desde que existen como nación; o lo que se creen los catalanes o los vascos aún hoy en día.
A ver, no está mal admirar a tú tierra, ¡claro que no!, pero el nacionalismo rancio, que es el que practican o practicaron todos los pueblos anteriormente mentados, lleva consigo denigrar al vecino o al enemigo. Es de catetismo de primero de EGB pensar que los andaluces o los murcianos son menos trabajadores, menos inteligentes o tienen más vicios que los polacos o que los vascos. Es de tontos creer que ‘Valladolor’ nos ha robado a los leoneses hasta el alma, aunque lo haya intentado con todas sus fuerzas. En el último caso, el conflicto artificial que ha creado la UPL, y el resto de las corrientes nacionalistas leonesas, es un cuento: la culpa de que hayamos perdido población a mansalva, de que nuestros pueblos se hayan quedados vacíos de esperanza, es nuestra y, sobre todo, de nuestra clase política...
Cuando hay que defender algo, lo primero que hay que hacer es poner los cojones encima de la mesa para defender lo que es tuyo, y, lo segundo, no comulgar con ruedas de molino y decir a todo amén..., que es lo que hemos hecho desde hace más años que la orilla del río.
Recuerdo con añoranza la que se preparó cuando al General se le ocurrió la estúpida idea de poner una central nuclear en Valencia de Don Juán: se preparó la de Sodoma y Gomorra, con manifestaciones en la capital en contra del atropello y enfrentamientos con la madera que dejaron alguna cabeza rota. O las manifestaciones de los agricultores, llenando de tractores la carretera de Astorga, en Hospital, llegando las colas de los turismos casi hasta León. Hablamos de 1980, una eternidad, pero que sirvieron para que los mandamases de Madrid cayeran en la cuenta de que León también existe. Pura nostalgia.
Salud y anarquía.