Pálida, enfundada en un amplio camisón blanco que oculta sus delicadas formas, antaño disfrute y admiración de muchos, Violetta languidece devorada por una fiebre tísica en su lecho de dolor. Annina, su criada, la informa de que fuera, París entero, enloquece, por el Carnaval. “Entre tantos que se divierten ¡sabe Dios cuántos infelices sufren!” se lamenta la enferma. Reflexiones lúcidas hijas de una muerte proxima.
¡Qué lejanos quedan ahora los brindis placenteros que escuchábamos al principio! y que han sido ejecutados por una orquesta prisionera en el foso bajo una tupida red de seguridad que el responsable de la compañía ha juzgado severamente al principio de la función: “en casi cuarenta años no hemos visto algo semejante”. Pero el celo protector no impide que la música de Verdi reine en un Auditorio de Léon rebosante.
Gravedad frente a liviandad. La mente vaga para revisar los acontecimientos del día anterior en que nuestras aulas casi se vacían por una huelga de extraviados. ¿Porque acaso no es estar perdido pretender ejercer un derecho de trabajador cuando aún no lo eres? Y más irresponsable aún en el caso de los alumnos más pequeños de primero y segundo de ESO, autorizados por sus padres a faltar a clase. Si los niños y niñas dictan las normas caminamos hacia una sociedad extraviada. Demoledora y tétrica la causa de la movilización: “el suicidio de una niña por acoso escolar”.
¿Que tu hijo se quede en casa, quizá jugando con el móvil, u ojeando y comentando los estados de sus compañeros le va a devolver la vida a Sandra? ¿Eso va a frenar las oleadas de insultos que a menudo se fraguan en las redes sociales para calentar el ambiente y luego llevarlo a las clases para estallar estrepitosamente en los patios o a la salida del instituto?
Pero la música me atrapa de nuevo acallando pensamientos negativos. Llega Alfredo, el amante que permanece fiel en la espera y abraza a Violetta fundiéndose con ella en un beso eterno que quiere arrebatarla de los brazos de la muerte. Pero la muerte no se extravía, siempre conoce bien su camino.
Una muerte que hoy protagoniza nuestro día de tumbas, flores y rezos. De memoria enterrada, pero no olvidada. De santos difuntos que poblaron nuestros días y hoy los protagonizan en su ausencia.
«Libiamo, amor, fra’lieti calici». Brindemos por el amor con alegres copas con La Traviata y sus amigos: por los que nos precedieron, por nuestros alumnos y sus familias, por la música y por nosotros, en un estallido de vida.