Me asaltó la noticia de que la Casa Blanca, cada vez más oscura, había lanzado una web sobre extraterrestres, en la que identifica a estos seres del más allá con personas migrantes. En ella se afirma que los seres de otros mundos están ya entre nosotros. Me quedé pensando y cambié de cadena. Retransmitían la final de la Liga de Campeones de fútbol. Y, claro, empecé a ver extraterrestres.
Para empezar, el locutor encargado de la retransmisión se expresaba en una lengua extraña y repetía constantemente que estábamos viendo la final de la ‘championlí’. En el terreno de juego corrían y saltaban algunos seres singulares, al menos poco comunes, nada habituales en mi barrio. Por ejemplo, un portero rubio vestido de verde de arriba abajo, como un paje del siglo XVI, un árbitro con micro incorporado o un entrenador gesticulante y bailarín. Me fijé en el público. A pesar de que todos parecían tener pasaporte francés o británico y varias generaciones de ancestros puros y cristianos en algún sentido, sus expresiones, sus gritos, sus indumentarias, sus abrazos y cortes de mangas, sus formas de estar en general, todo en ellos, sobre todo ellos, les mostraba como verdaderos alienígenas. Y, en fin, cuando la euforia estalló en París y hubo disturbios y detenciones y caos, supe que sí, definitivamente, la web del gobierno estadounidense tenía razón, aunque errara el objetivo.
A la mañana siguiente paseé por las calles de mi barrio. Me encontré con gentes diversas, con lenguas diferentes, con indumentarias distintas, pero no había estrépito. En la terraza del bar de la esquina convivían gentes de todo origen, condición o edad, contentas de sentarse al fresco en un día de calor. En el centro de salud no había ancianitas pisoteadas por extranjeros para adelantarlas en la cola de la consulta y en el patio del colegio jugaban juntos niños y niñas de todo tipo sin mayor complicación y sin miedo. Concluí que en mi barrio no hay extraterrestres, sino gente corriente. Y regresé a casa tranquilo.