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El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde

22/08/2026
 Actualizado a 22/08/2026
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Paseamos por estos parques londinenses escandalosamente secos. Tres meses de inhóspita sequía. Los patos y cisnes del lago Serpentine picotean en vano el suelo yermo de Hyde Park, seguramente muy distinto a aquel en que se recreara, en sus paseos, el malogrado doctor Jekyll. Un tipo honorable. Ciudadano intachable. Vecino afable de sonrisa inescrutable. Tiene perfectamente controladas sus pasiones ocultas, porque pueden comprometer su honorabilidad. Ese lado oscuro que deja salir a voluntad cuando toma la sustancia prohibida. Se sustenta en la tradición y flema, por ese orden. Cuando el escocés Robert Louis Stevenson les diseñó a él y a su alter ego, Mr Hyde,  no solo escribió un relato de entretenimiento, sino que retrató al ser humano en toda su dualidad. Porque el otro yo del doctor, Mr. Hyde, representa ese instinto inconfesable tan universal hacia lo perverso, que a veces se traduce en rechazo hacia lo diferente.

Y perversa la sombra que se cierne sobre la muerte del profesor de Sociología de Cambridge,  Jasón Arday,  que nos asalta frente a la National Gallery, donde miles de manifestantes se han concentrado frente a plaza de Trafalgar, convocados por la asociación Stand Up To Racism (Planta Cara al Racismo). Celebran una vigilia en recuerdo del profesor, y exigen una investigación pública.

Arday fue un niño diagnosticado con autismo que —según él mismo contó— no empezó a hablar hasta los once años, y aprendió a leer y escribir a los dieciocho. A los 37 años, fue nombrado el profesor titular de raza negra más joven en la historia de la Universidad de Cambridge.

Su vida, modelo de autosuperación, fue desde el inicio un escaparate. Nacido en 1985, en el barrio londinense de Clapham, Jason Atta Kwei Arday era hijo de un chef y una cuidadora de pacientes de salud mental procedentes de Ghana.

Es entonces cuando el bastón mediático de Mr. Hyde comienza a acusarle de plagios doctorales y exageraciones de sus logros deportivos. Su vida y su pasado fueron escrutados con microscopio. Y se ponen en tela de juicio sus hazañas deportivas. 

O sus historias de los abusos racistas sufridos en el ámbito académico exagerados con la denuncia de ataques con cuchillo y hasta el envío a su casa de una cabeza de cerdo que la policía nunca confirmó.

El profesor dimitió el 5 de agosto. Diez días después, la policía halló su cadáver en su domicilio. Estaba casado y tenía dos hijos. Hasta el final de sus días rechazó las acusaciones de plagio.

Quizá por eso recuerdo ahora la advertencia de ese amigo, que me dice que no termina de fiarse de los ingleses. Quizá exagere, pero mientras abandonamos Trafalgar Square, pienso que Stevenson entendió bien algo más universal: ningún pueblo, ninguna sociedad y ningún individuo está a salvo de su propio Mr. Hyde.
 

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