A la imagen del extranjero se une, no obstante, en algunos casos, como el de José Antonio Llamas o el mío propio (a pesar de nuestra diferencia de edad, a ambos nos unen muchas vivencias), la del Ulises de Homero en cuanto que compartimos con el viejo héroe el deseo de regresar a la etérea patria perdida, con lo que nuestra contradicción nos convierte, además de en extranjeros, en fantasmas. Porque, aunque la vieja patria siga estando donde estuvo siempre y nuestros compatriotas nos reconozcan cuando volvemos a ella, nos pasa lo que a Ulises y lo que al extranjero de la novela de Albert Camus: que los que no nos reconocemos del todo en aquélla somos nosotros, lo que nos hace sentirnos más extranjeros aún. Y es que ya lo dijo el viajero al que yo le presté mi pluma para contar su viaje por el río Curueño y que equivocadamente algunos creyeron que era yo mismo: en el país de la infancia todos somos extranjeros. La Navidad que termina nos ha devuelto a muchas personas a nuestra Ítaca y, como cada Navidad, la sensación que el regreso nos ha producido es igual de ambigua. Tan ambigua y agridulce como la que José Antonio Llamas sentía al volver al pueblo del Seminario donde estudiaba cuando era joven y veía que el musgo de su memoria cada vez se difuminaba más bajo el peso de la niebla que ya empezaba a borrar su pequeña patria, que eran sus padres.
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