Somos una sucesión de imágenes fundidas en el tiempo y en los lugares, recuerdos borrosos, traumas, personas, hechos desdichados e imborrables, y una aglomeración de rastrojos. Uno se veía ahí, y le venían aquellos once años de vuvuzela, Jabulani y Waka Waka, un verano de la primera memoria, del primer ser, de la primera construcción. Dicen bien que el primer mundial es el de los once, pero imagínense ganarlo después de toda una historia de país de desgracia en desgarro cada cuatro años. Aquel 116’ fue el final de una sufrida trama de la que muchos niños nos apropiamos en el primer intento.
El fútbol no es nada y lo es todo a la vez, nos combatimos, escupimos y discutimos, sufrimos, indignamos y apagamos cuando se cae, pero es el deporte de las pasiones, de la unión (o no), el que mejor representa las virtudes y maldades del ser humano.
He de confesar mi distancia de un tiempo a esta parte, una tal vez irreconciliable, pero este domingo allí me volví, a los once, tan tenso como aquel niño en un bar a las afueras de una villa cuna de la familia. Allí me volví, ahora con mucho más pelo, demasiados años de experimentos pero rodeado de personas diferentes, algunas de las cuales por entonces existían de milagro, o aún no.
Esta vez en un teleclub de las afueras de la otra cuna, en el pueblo de la salvación; los niños tan cerca de la televisión que Infantino les haría pagar la entrada, en la zona central unos adultos que lo dejaron de ser en 120 minutos y atrás los únicos dos intermedios esquivando cabezones y haciendo teorías arbitrales. Los minutos pasaban, España dominaba, a España no le entraba, a España la robaban, y a aquel casi adulto que dejo el fútbol en inanición, le volvió el niño que se veía hasta el Werder Bremen.
Ya no existía una persona para ser un flan, la silla era inútil, caminante sin camino, calor, un corazón más corazón que órgano. No había oídos, tan sólo el deseo de que ese puñetero balón entrara, mientras como único soniquete la voz de mi asesor futbolístico, personal y psicológico, es decir mi mejor amigo, hermano o qué más da, que decía «qué miedo si la coje Messi» (primer contacto Eurocopa, ahora Mundial, qué fructífera lealtad, también en esto).
Los minutos seguían su paso y España era potencia, pujanza, tesón, bondad futbolística, mientras Argentina ejercía el inconfundible y sublime arquetipo de villano sanguinario, como Homelander, sin alma, impío, maquiavélico, pervertido, dejando sin posibilidades la orden infantina. El ambiente caldeaba mientras paralelamente la España inconexa, enfrentada, plurinacional quedaba en suspenso frente a la fuerza mayor, al enemigo, al hostigador, al impostor. Se hizo la unión, ahí y en los grupos de WhatsApp, dejamos de tener colores, franjas, una opinión, un país frente a una realidad fílmica: nos la querían quitar por medios injustificables, éramos los héroes, y lo éramos todos.
Veíamos los penaltis, el inclemente calculador lograría su objetivo de lanzarse al azar del desempate. Veíamos al Dibu parándonos y tocándose el miembro delante de toda una compacta nación orgullosa, digna y ufana. Cuando nos veíamos dejados, sin dios, sin vindicación, sin premio al honor, surgió ese relato tan español, tan peliculero, tan redondo como perfecto. Se hizo el gol en el 106’ y fue el futbolista despreciado, proscrito, minusvalorado por nosotros, centro de mofas, que se transformó en un superhéroe de entre los héroes, que perforó el muro que separaba a todo un país de la segunda gloria. Llegó el éxtasis del oro y todo lo que teníamos en un interior ardiente salió, seres, almas, españoles. Conseguido, el bueno ganaba y quedaba la resistencia, la defensa final, el pundonor hacia el oro. La película fue armónica, con todo lo que tenía que tener, de principio a fin, cada personaje, cada arco, cada minuto escrito por un guionista llamado destino.
El oro fue alzado, y ahí quedará el momento histórico para cada una de las personas; los nervios ascendentes de un par de horas, los comentarios procuradamente analíticos, el grito desacomplejado con los puños fervorosamente libres, la primera mirada, el primero al que se le escapa el abrazo y los saltos, el segundo, el tercero, la vibración de los móviles, el terremoto nacional, pero por encima de todo ese lugar en el que se vivió. Permanecerá en la memoria hasta que deje de serlo, ese lugar compartido que formará parte de nuestra eternidad, incrustado a nuestro ser y que algún día contaremos con morriña y sonrisa a aquellos que vendrán a crear su propia historia con la tercera.Felices vacaciones, feliz cumpleaños a un campeón del mundo que ya lo era y enhorabuena al único susurrador cercano que advertía de Ferrán. Queda escrito. ¡Disfruten!
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