16/10/2026
 Actualizado a 16/10/2026
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Tenía una máquina de retratar. Así lo decía mi abuela, que Rosi tenía una máquina de retratar. Y eso hacía Rosi: retratar su mundo y el de sus amigas. Hablo de finales de los años 50 y principios de los 60, cuando a esa adolescente le regalaron una cámara y comenzó a fotografiar aquella juventud de provincias, las excursiones, los rituales.

Rosi, Rosa Flores, era la mejor amiga de mi madre, así que, gracias a ella, atesoro muchas imágenes de su juventud. Una me gusta especialmente: las dos amigas están subidas a un enorme cartel publicitario de Tío Pepe, donde se lee «A Coruña». El cartel se encontraba en las afueras de La Bañeza, imagino que no lejos del antiguo parador de la N-VI, que Franco construyó para poder descansar a mitad de camino en sus viajes del Pardo al pazo de Meirás. En ese parador, que ya no existe, mi madre y Rosi entraban casi a hurtadillas, pedían una manzanilla a medias y se asomaban a una vida muy distinta a la suya.

Hay decenas de fotos. Mamá subida a un árbol. Mamá subida a una peña –le debía de gustar trepar–. Recostada a la orilla del río. En un ‘prau’. Con su pandilla a la entrada del Santuario de Castrotierra. Rosi y ella recorrían en bicicleta los alrededores de La Bañeza, cámara al hombro y faldas plisadas al viento –los pantalones no habían llegado al pueblo–. También hay fotos tomadas en las calles de La Bañeza en los días de fiesta. En ellas parecen mayores, más serias. Veo en las imágenes bandadas de chicas con gafas de sol, pelo cardado y faldas tubo. La ropa se la cosían sus madres, en cada casa había una modista. Examino la que viste mamá, un chaquetón masculino de cuadros o un vestido de tirantes con un ancla bordada en el pecho. Imagino a mi abuela con el pie sobre la Singer, a toda velocidad, como cosía ella, o fijándose en los vestidos de las revistas y después trazando patrones con una tiza sobre una hoja de periódico. Esas fotos me hablan de una época en la que mi madre parecía muy libre y muy feliz. Luego vinieron las broncas con mi abuelo, que la obligó a abandonar el instituto para trabajar de contable en el negocio familiar. Pero mi madre resistió. Miro esas fotos y leo determinación en su rostro. La determinación que la llevó a retar a su padre: si acababa el bachillerato por correspondencia, él le permitiría matricularse en la universidad. Ganó la apuesta y se fue a estudiar a León; su amiga Rosi, a Madrid. Mujeres que estudiaban, una rareza en aquellos años. Miro esas fotos y veo a dos jóvenes con ganas de explorar el mundo, de escapar del destino de amas de casa que la sociedad les tenía reservado. Miro esas fotos y pienso que Rosi creía retratar a sus amigas, pero sin saberlo también retrataba el nacimiento de una libertad.
 

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