Tengo poca fe en que se detenga esta inmensa calamidad tan anunciada. Las tragedias humanas suelen detenerse solo por su propia inercia, por colapso o por una catarsis inesperada a menudo azarosa. Muchas personas de bien han acudido estos días a manifestaciones clamando por detener el desastre, pero muchos más eligen que les representen quienes lo ignoran o eligen Notre Dame.
Da pena. Se acabarán o carecerán de sentido la Sixtina y Benidorm, Auschwitz y Altamira, las formidables montañas de basura y los jardines zen. Se acabará todo y a nadie importará, porque nadie quedará para lamentarlo o recordarlo. Nadie habrá para indagar sobre quién estuvo por aquí (un parpadeo a efectos cósmicos) y para qué. Las películas de ficción proponen ideales o inquietantes futuros, pero se adornan con alguna salida que permite un ‘continuará’, una secuela. No es así. Será el ridículo final de una especie ridícula capaz de lo mejor y de lo más tonto: esfumarse por su propia pasividad y estulticia, matarse a sí misma sin la determinación de un suicida o el arrojo de un desesperado. He ahí la tragicomedia.
Tenemos a las puertas un Armagedón de verdad, un milenarismo sin chistes, un acabose preavisado que no nos creemos a pesar de su retransmisión. Y se me ocurre que la diferencia con otros de este tipo, como los pánicos del año mil en plena Edad Media, consiste en que entonces no sucedió pero sí se lo creyeron y el culpable era, como suele, Dios, según cuentas cabalísticas emanadas de escritos sagrados. Puesto que el acontecimiento había de basarse en la voluntad divina, nada podía hacerse y nada debía o podía evitarlo, nadie cargaba con las culpas, nadie era responsable. Paciencia y barajar (o rezar). Ahora no quedan dioses para cargar con la culpa, y eso es una novedad. Ahora que Dios es apenas una idea, y ni siquiera una buena idea, o el ‘personaje de ficción favorito’ de Homer Simpson, a ver a quién recurrimos o culpamos. Uno de los mejores teólogos del siglo pasado, Woody Allen, afirmó que si Dios existiera, esperaba que tuviese una buena excusa. Pero no: Dios era nuestra excusa. Y ya ni siquiera eso tenemos.
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