Personalmente, a tal sentir añado, por buenos recuerdos –‘re-cordis’, volver a pasar por el corazón–, ‘y cordial’; pues es así, volviendo a pasar por el corazón cualquier hecho o sentimiento ajeno como, creo, uno mejor puede llegar a ponerse en el lugar del otro. Eso que ahora, recuperado de la antigüedad griega –¡qué ironías tiene a veces la historia!–, la modernidad llama empatía.
Acaso por este sentir me pregunto por dónde pasará esta Europa tecnócrata su historia civil y su presente mercantilista. Porque, quién esperaría, ante la situación de quienes buscan refugio entre nosotros, ver a ¡Europa salvada por el turco! Qué dirán ahora los que oraban y demandaban las profundas raíces cristianas de la Unión Europea. Habrán, en un gesto de inhumana medranza, trocado su corazón, donde se supone habita su caridad, por la billetera, donde se constata la riqueza acumulada que los sobrevivirá (… y en polvo te convertirás). Ya no se preguntarán, como leí de joven en un facsímil existente en el Rectorado de Oviedo para entretener los tiempos de espera y que hoy lamento no haber limpiado, si «¿peca gravemente el cristiano que, aun prisionero, bogue en las naves del turco?» No, aquí ya nadie peca, nadie comete infracciones morales o éticas. Para ello hay que tener conciencia y también ésta ha sido desahuciada. ¡Ay, inhumana Europa de mercaderes!
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