Imagen Juan María García Campal

Europa salvada por el turco

09/03/2016
 Actualizado a 11/09/2019
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Hay semanas en que ponerme a escribir este pequeño suelto de opinión me sume en una absoluta desolación y no sólo por las veces que me pregunto sobre si, en verdad, mis textos llegan a tener una mínima utilidad, valor, o si sencillamente son actos inútiles, eso sí, lo mejor elaborados, argumentados, que puedo. Uno contempla el estado de las cosas del mundo –local, regional, nacional, europeo, mundial–, constata las nefandas, cuando no terribles, consecuencias que estos tienen sobre la vida de las personas y, además de frustración, desilusión, desesperanza, rabia, tan sólo encuentra el consuelo de sentirse, de saberse lo que José Saramago llamó un «comunista hormonal», hermoso concepto que le escuché de viva voz en Jerez de la Frontera, en 2001, en el coloquio posterior a su conferencia de clausura del congreso ‘Literatura y memoria’ de la Fundación Caballero Bonald. Lo explicó allí como su reacción más natural al contemplar el mundo, su riqueza, la injusta distribución de ésta y el tan desigual vivir de las personas y se lo detalló, en 2002, a Jorge Halperín en sus ‘Conversaciones con Saramago. Reflexiones desde Lanzarote’.

Personalmente, a tal sentir añado, por buenos recuerdos –‘re-cordis’, volver a pasar por el corazón–, ‘y cordial’; pues es así, volviendo a pasar por el corazón cualquier hecho o sentimiento ajeno como, creo, uno mejor puede llegar a ponerse en el lugar del otro. Eso que ahora, recuperado de la antigüedad griega –¡qué ironías tiene a veces la historia!–, la modernidad llama empatía.

Acaso por este sentir me pregunto por dónde pasará esta Europa tecnócrata su historia civil y su presente mercantilista. Porque, quién esperaría, ante la situación de quienes buscan refugio entre nosotros, ver a ¡Europa salvada por el turco! Qué dirán ahora los que oraban y demandaban las profundas raíces cristianas de la Unión Europea. Habrán, en un gesto de inhumana medranza, trocado su corazón, donde se supone habita su caridad, por la billetera, donde se constata la riqueza acumulada que los sobrevivirá (… y en polvo te convertirás). Ya no se preguntarán, como leí de joven en un facsímil existente en el Rectorado de Oviedo para entretener los tiempos de espera y que hoy lamento no haber limpiado, si «¿peca gravemente el cristiano que, aun prisionero, bogue en las naves del turco?» No, aquí ya nadie peca, nadie comete infracciones morales o éticas. Para ello hay que tener conciencia y también ésta ha sido desahuciada. ¡Ay, inhumana Europa de mercaderes!

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