Anda el mundo acongojado por el progreso de la Inteligencia Artificial, capaz de crear monstruos tan semejantes a nosotros, los humanos, que, en un momento dado, en un descuido, podrían suplantarnos, para bien y para mal, tomando decisiones que nosotros tal vez no hubiéramos tomado nunca. Por ejemplo, votar al Sr. Milei, si fuéramos argentinos; o justificando la excesiva venganza de Israel en Palestina; o dando por buena la actitud del Sr. Sánchez con la amnistía, a cambio de continuar en el gobierno de España.
Alguien en nuestro lugar. Alguien que jamás pudiera reconocer: «¡Ay, qué tonterías pienso!» como lo hace Jon Fosse, el último premio Nobel de literatura en su libro ‘Blancura’. O alguien que presentase en las Cortes una proposición de Ley de protección animal, en la que «matar a una rata conllevara 18 meses de cárcel, excepto si es en defensa propia» como se está tramitando ahora en España.
Ya de puestos, mejor sería dedicar esfuerzos a luchar contra el invento de la Estupidez artificial. Porque dios nos libre de que a alguien se le ocurra ponerse a ello en serio. Sería la repera. ¿Se imaginaba nuestro alter ego todo el santo día pendiente del «celular», tanto si yace en su mullido sillón, frente al televisor, y frente alfuego, como si deambula por las calles en medio del tránsito sin hacer caso de semáforos, ni ciclistas, ni anuncios publicitarios con señoritas con cula Kardasian que parecen caminar elices sobre unos tacones imposibles y desnudas de cintura para abajo? O, lo que es peor, votando a uno con una motosierra. O escuchando las voces que en su interior le incitan a tener por bueno todo lo que proclaman, siendo tan diferente entre sí, todos los candidatos.
Hubo na vez en la historia un tipo que, él solito, inventó un ser humano que recopilaba en sí mismo tantos de los dones que los dioses nos han querido dar a los hombres que se ha convertido en uno de los tipos más universales que han podido existir. Y reunía en sí tofos los atributos, toda la sabiduría y toda la estupidez. Así que: ya está todo inventado. La inteligencia artificial es Don Quijote. Y la estupidez artificial es también Don Quijote. No hace falta, pues, otros inventos. Y, como dejó escrito el mismo autor en el prólogo: «este libro es hijo del entendimiento». Y añadió: «Pero no he podido contravenir yo al orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante».
Solo les falta «reventar los abismos en un tubo de ensayo» como escribe en un poema titulado ‘La intuición calculada’ nuestra Ana Merino.