Hay quienes andan ojipláticos estos días en la dirección provincial y autonómica del PSOE (en la federal ya no pintan nada por sus malas compañías y a pesar del ímprobo esfuerzo realizado para aprender a aplaudir y asentir al mismo tiempo sin perder el compás) por el vínculo «muy especial» observan entre el alcalde de la cuna de la democracia y el consejero que por ahora –aunque imagino que por poco tiempo– mece el terruño en el gobierno de este nuestro engendro autonómico.
¡Qué ultraje! ¡Dos personas de signo político distinto poniéndose de acuerdo para hacer cosas por León! ¡A las barricadas! ¡Esto es la guerra! Quizá por eso el Gobierno ha promovido en el pujante polígono de Villadangos una fábrica de drones (bélicos y desarrollados por una empresa privada en una nave propiedad de la Junta, todo muy progre y mucho progre), porque supone una afrenta intolerable que la administración de la ciudad y la de la comunidad dejen de tirar los trastos a la cabeza por el estado de los colegios a los que van nuestros guajes (los míos no, que ya sabe usted, avezado lector, que no veo claro lo de traer más parados al mundo), que al fin se vayan a coordinar los rojos y los azules (en este caso me refiero a los autobuses, no al alcalde y al consejero) o que se haya abierto la puerta a resolver de una vez por todas la integración de Feve con el concurso de todos.
Claro que debemos estar vigilantes para que se pase de las palabras se pase a los hechos, tal y como ha ocurrido estos años con otras muchas iniciativas de la Junta después de mucho tiempo mirando a las apabardas. Claro que hay proyectos que no acaban de convencer, como la red de calor y la central de biomasa, sobre las que no sobrarían más explicaciones a los vecinos. Claro que la gestión de los incendios ha roto las costuras del operativo y ha mostrado las deficiencias de la política forestal de esta nuestra extensa comunidad.
Pese a los errores y los aciertos, cuesta entender que haya gente que centre sus críticas en que se hagan cosas, sobre todo si recordamos que jamás han gobernado ni su comunidad de vecinos (si lo han hecho, seguro que habría derramas por un tubo y organizarían muchas meriendas en el patio) al mismo tiempo que sientan cátedra sobre todo desde la comodidad de no tener que dar explicaciones sobre nada o mentir con descaro las pocas veces que se ven obligados a hacerlo para lograr la nada compleja misión de conservar el apoyo de la UPL a la hora de compartir los cómodos escaños de gobierno en el Palacio de los Guzmanes.
Y eso les lleva a entender su partido como una auténtica secta al más puro estilo de su sumo pontífice, que ha conseguido hacer de La Moncloa una sucursal de Ferraz para premiar a quienes le besan el anillo y marginar a quienes no se callan ante sus desmanes o no tienen problemas en entenderse con el rival. Y eso les lleva también a quedarse solos en la guerra que libran quienes no hacen absolutamente nada por León.