Castilla y León es ancha, alta, extenuante, sombría, llana, escarpada, adusta, verde y cobre. Una comunidad autónoma en la que caben todas las Españas y donde cupieron incluso las Américas. Con todos los paisajes imaginables y los acentos que se confunden en los confines de aquellas fronteras cartografiadas en los despachos. Después de cinco meses recorriendo la diversidad de sus provincias uno se siente como los políticos en campaña, pero intentando volver a casa manchado del olor de cada terruño. Y la primera epifanía, de la que se reirán los sabios encogidos de bastón y poyete, es que no existe un mundo rural que pueda describirnos. Hay tantos mundos rurales como provincias, comarcas y municipios. En el Bierzo hay aldeas y en Salamanca pueblos. Hay tantos mundos rurales como paisajes con problemáticas comunes pero necesidades singulares.
El mayor desafío no está en los que se van muriendo. Ni que los alcaldes construyan tanatorios en vez de frontones. Ni siquiera en los que no regresaron nunca de hacer los madriles. El reto mayúsculo está en los que no se quedan teniendo hueco. Los negocios familiares que funcionan, que conquistaron generaciones, y de pronto huérfanos. El restaurante que cierra porque sus hijas enraizaron fuera, la tienda de toda la vida que acaba en jubilación, el taller artesano que agota su tiempo o la explotación agrícola que dejará de cultivarse cuando falte el abuelo. Un gotero de desesperanza. Conseguir frenar ese éxodo innecesario que destruye legados debería ser el primer paso para contener la despoblación. Es la seducción pendiente. Porque hay cientos de proyectos esperanzadores en nuestra extensa comunidad, «pero es que somos muy pocos» reconocía el chef Luis Alberto Lera ante la inmensidad que nos tocó en herencia. Solo una combinación de savia nueva y sangre vieja curtida por generaciones (como en las viñas) alejará el desastre. «Esto acaba aquí» nos dijo afectado el último imaginero de Medina de Rioseco.
Esto acaba aquí
29/06/2023
Actualizado a
29/06/2023
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