El mayor desafío no está en los que se van muriendo. Ni que los alcaldes construyan tanatorios en vez de frontones. Ni siquiera en los que no regresaron nunca de hacer los madriles. El reto mayúsculo está en los que no se quedan teniendo hueco. Los negocios familiares que funcionan, que conquistaron generaciones, y de pronto huérfanos. El restaurante que cierra porque sus hijas enraizaron fuera, la tienda de toda la vida que acaba en jubilación, el taller artesano que agota su tiempo o la explotación agrícola que dejará de cultivarse cuando falte el abuelo. Un gotero de desesperanza. Conseguir frenar ese éxodo innecesario que destruye legados debería ser el primer paso para contener la despoblación. Es la seducción pendiente. Porque hay cientos de proyectos esperanzadores en nuestra extensa comunidad, «pero es que somos muy pocos» reconocía el chef Luis Alberto Lera ante la inmensidad que nos tocó en herencia. Solo una combinación de savia nueva y sangre vieja curtida por generaciones (como en las viñas) alejará el desastre. «Esto acaba aquí» nos dijo afectado el último imaginero de Medina de Rioseco.
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