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¿Está Europa en peligro? Lo parece

29/06/2026
 Actualizado a 29/06/2026
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A menudo nos refugiamos en lo local, pensando que todo puede ser separado y dividido, encapsulado en las experiencias del pueblo, o incluso del barrio. Nos gusta pensar que la mirada parroquial es diferente de la marcha del mundo. Hace mucho que se acuñó aquel término, ‘glocal’, un ‘blending’ verbal que hizo fortuna en su momento, que reunía en una sola palabra lo global y lo local, y hoy, a pesar de algunos liderazgos proteccionistas, que pretenden imponerse a la multiculturalidad necesaria para que el planeta no se vaya al carajo, todavía existe esa conciencia de que lo local y lo global no pueden disociarse tan fácilmente, ni son dos reinos distintos, sino que, muy al contrario, están irremediablemente conectados. ‘De lo local a lo global’, se dijo a menudo, intentando demostrar que aquello que se lleva a cabo en lo cercano se verá reflejado finalmente en el devenir del mundo y en el proceder de los estados. 

Alguna vez contó Javier Cercas que no podemos obviar la Historia, porque nos afecta, aunque nos creamos a salvo de ella. Nosotros somos la Historia, por más que algunos la escriban sólo desde los grandes nombres. Lo que sucede afecta a nuestra vida cotidiana, y tantas veces de una manera dramática. Las decisiones de algunos líderes, por ejemplo, modifican de pronto la existencia de la gente. Las invasiones o las agresiones de unos estados a otros, como estamos viendo, producen dolor y muerte, y, aunque se haga desde motivaciones políticas y con esa frialdad preocupante de los manifiestos y las declaraciones oficiales, lo cierto es que el sufrimiento llega hasta las familias y hasta los hogares, lejos de las estrategias militares y de los análisis internacionales. La Historia nos afecta. Algunos creyeron que el futuro nos acercaría a un mundo sin guerras y sin agresiones, pero lo cierto es que eso no está pasando. Por razones difíciles de explicar, ni la mejora en la educación nos ha deparado liderazgos más racionales y equilibrados. Ahora mismo, algunos defienden abiertamente la fuerza bruta para dominar el mundo (¿no lo dijo Stephen Miller, sin incomodarse?), y la ignorancia, o el abandono del pensamiento crítico, está minando a algunas sociedades. Me pregunto si eso no estará ocurriendo ahora mismo aquí.

La influencia de un autoritarismo embrutecedor, en el que el dinero es lo único que cuenta, está cambiando los contrapesos del mundo, pero también los de algunos países tenidos por muy democráticos. Es una deriva que nadie parece capaz de detener, sobre todo porque muchas sociedades han empezado a votar a políticos de este jaez. Alguna responsabilidad tendrá la izquierda, imagino, ya sea por omisión o por ineficacia. Es verdad que la Historia suele ser pendular, y los votantes suelen seguir esas oscilaciones, llevados por el desánimo o la frustración, o, simplemente, por el oleaje del mundo. La influencia trumpista en América es un caso paradigmático, acentuada estos días por los resultados de Colombia y Perú. Se diría que, salvo en el caso de Venezuela (que sufre ahora el injusto golpe de dos terremotos consecutivos), Trump ni siquiera ha necesitado volver a viejas formas de actuar de los Estados Unidos, en eso que siempre se ha llamado su ‘patio trasero’. El polen de la Historia está haciendo su trabajo. Ni siquiera las múltiples críticas que Trump recibe en su país, ya sea por la actuación del ICE, o por sus políticas polarizantes y surrealistas, han evitado la victoria de gobiernos de dudosa modernidad en otros lugares de América. No hay duda de que hay una gran crisis del pensamiento de izquierdas. Esto es innegable. Sólo las elecciones de noviembre pueden revertir este proceso de progresivo autoritarismo que se ampara, en gran medida, en la diseminación de un argumentario que invoca la inseguridad.

Ya desde Banon se está intentando desestabilizar a Europa, considerada garante de la democracia tal y como la conocemos. Europa ha sido una china (dicho sea sin segundas) en el zapato de Estados Unidos, o, mejor, en el zapato de Trump, y no sólo por las polémicas habituales sobre los gastos militares (España ya no está en la cola de esa aportación, por lo que leo. Trump lo ha utilizado una y otra vez, con su trazo grueso). Lo europeo desnuda con extraordinaria facilidad gran parte de la propaganda trumpiana y, por si fuera poco, Europa se está convirtiendo en un espacio seguro para la ciencia y el desarrollo del conocimiento (como sucedió con Estados Unidos, que recibió y apoyó a muchos científicos durante el nazismo). Resulta insoportable que el pensamiento libre y la ciencia estén siendo zarandeados en un país de gran tradición académica como Estados Unidos.

Europa sigue manteniendo su prestigio, a pesar de los continuos embates internos y externos, y a pesar también del crecimiento de figuras cercanas al trumpismo (alguna ya fuera del panorama político, como Orban). No es que sus dirigentes estén en su mejor memento, si me lo permiten. Europa no puede rendirse tan fácilmente, mostrando una debilidad preocupante ante las agendas autoritarias y retrógradas, que practican un seguidismo de lo que Trump está inspirando en América. No es un asunto menor que algunos dirigentes europeos se estén alejando de lo que se conoce como el Espíritu de Europa, que es exactamente lo que debemos mantener y apoyar. Sin eso, no somos nada. Sólo una Europa moderna y abierta tiene sentido. Una Europa científica y racional, pero que mantenga sus verdaderos cimientos: el humanismo. La decisión de instar a la creación de centros de retorno, por decirlo en lenguaje eufemístico, que se parecen más bien a centros de deportación, en terceros países, no sólo se aleja del Ser europeo, de lo que debería inspirar a un territorio que tendría que oponerse sin ambages a cualquier elogio del trumpismo, sino que produce una gran tristeza en los creemos en el Proyecto Europeo, el mejor proyecto de los últimos 200 años, y que algunos pretenden cargarse, con aviesa intención.

Este es un momento crucial en el devenir del planeta, pero también en el devenir de Europa. Borrell lo ha explicado muchas veces con gran claridad y mucho sentido común. Lamentablemente, los miedos electorales están distorsionando ya la imagen de la Unión. Los ciudadanos debemos luchar por devolver a Europa a su verdadera esencia humanística. Creo que tenemos una larga y brillante tradición democrática que nos avala y que nos refuerza. ¿Seremos capaces de defenderla? La Historia nos afecta: esto debería enseñarnos. Resulta paradójico que, justo en este momento, en el Reino Unido haya un movimiento ciudadano poderosísimo para volver a Europa. El desastre de todos los gobiernos desde el brexit (en su mayoría conservadores, alguno de ellos completamente disparatado) no pasa desapercibido. Se ha llevado también por delante al endeble Starmer. La ambigüedad del laborismo sobre el ‘Rejoin’ (regreso a la UE) debe acabar con el nuevo líder, Andy Burnham, el líder del norte, surgido de la alcaldía de Manchester. La vuelta del Reino Unido a Europa reforzaría el proyecto de la Unión, pero también la política británica, con una economía tocada (ha perdido entre el 6% y el 8% de su riqueza) y un descrédito institucional notable. Por no hablar de la lejanía de Estados Unidos, también con respecto a UK. La otra paradoja es que Farage, responsable en gran parte de este sindiós que está minando al Reino Unido, podría convertirse en primer ministro. ¿No es completamente surrealista lo que está sucediendo?  

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