«Cuando en León surge el nombre del carnaval no tarda muchos segundos en aparecer un apellido: de La Bañeza. El carnaval en su sentido más lúdico y clásico tiene allí su campamento». Con estas palabras comenzaba el tío Ful el pasado lunes un artículo en el que elogiaba el espíritu carnavalero de los bañezanos, solo unas pocas horas después de que yo lo disfrutara en mis propias carnes. Tras haberme encandilado por primera vez hace un par de años, regresé el sábado para empaparme de ese espíritu y presenciar disfraces de todo tipo, cada cual más currado. No faltaba la recreación de la familia Simpson, un gemelo perdido de Isi Palazón, varios Maduros que escaparon del cautiverio de Trump por una tarde e incluso un grupo vestido de avería en la autopista, con balizas v16 atadas a la cabeza. En las discotecas las luces ya las pusieron ellos. Mis amigos y yo fuimos menos creativos: un pastor con un buen rebaño de ovejas dóciles alrededor. Por no ser, ni siquiera fuimos originales, pues vimos otro grupo al que también se le ocurrió disfrazarse de Sanchismo.
Aún así, la escena más carnavalera ya la había vivido días antes. En Cubillos del Sil se adelantó ese espíritu al jueves, instantes previos a un momento doloroso para los bercianos como la voladura de las chimeneas de Compostilla. Mientras todos cogíamos sitio y preparábamos las cámaras, hasta allí llegó un furgón con los cristales tintados y de él bajó otro grupo. La apariencia de la primera persona que divisé me hizo creer que se trataba de una tropa de colegas disfrazados de personajes de Velvet que se saltaron la salida de La Bañeza. Pronto sospeché que sería gente conocida, porque en un rincón había esperándolos adeptos... a patadas. Después de fotografiarse con unos cuantos, dos miembros de la tropa se plantaron delante de los periodistas. El telonero fue breve, pero con ese personaje sacado de otra época empezó una representación teatral perfectamente ensayada. Uno de los portadores de micrófonos —qué curioso que sea uno negro sin logotipos, pensé— comenzó a darle juego y, a cada respuesta que daba, más metido en el papel estaba. El tipo se gustaba, acertó al elegir un disfraz de actor. Cuando acabaron el diálogo, en el que criticaron duramente el desmantelamiento de la central térmica, se escucharon insultos a Pedro Sánchez y varios «¡Viva España!». Entonces barrunté que quizá esa tropa fuesen miembros de Vox, pero recordé que fue un consejero de ese partido el que rechazó hace dos telediarios proteger la central para evitar su derribo y deseché el vaticinio. Me quedé desconcertado. Ni siquiera se me ocurrió preguntarles si les gustaba el sexo anal para salir de dudas, como recomiendan las grandes mentes de este país.
Días después vi al tipo de Velvet en la televisión. Pues sí, era famoso. Y de Vox. Y lo estaban buscando en el Congreso. Pero él seguía metido en su personaje, tan a gusto y repleto de espíritu carnavalero. Resulta que su disfraz es para todo el año.