Sentarse a escribir un artículo de opinión para la víspera de Todos los Santos cuando apenas ha habido tiempo de digerir la tragedia ferroviaria de Urda es una amarga experiencia. El folio en blanco se agiganta, y las palabras sólo desfilan sobre él a intervalos breves e indecisos. Escribes cinco y borras diez, vuelta a empezar. Todo suena vano ante un horror ya repetido, predecible, predicho de hecho por diferentes personas y en distintas ocasiones: «lo de Adamuz va a volver a pasar». Todo suena vano o excesivamente cargado de la rabia que se escapa por los poros, y apetece cerrar de un golpe la tapa del portátil.
Muchos de nosotros mantenemos la tradición de visitar a nuestros difuntos este fin de semana. Nuestra cultura católica nos ha legado, entre otras, esta forma de hacer plástico el recuerdo de los seres queridos que se nos han ido, de tener un papel protagónico en el drama de la pérdida que cada año se representa en el teatro de nuestros cementerios. Creo que sólo por eso, incluso al margen de la fe, se trata de una costumbre saludable para la maltrecha psique humana.
Por estas fechas, automarginado de las calabazas y las fiestas yanquis, suelo disfrutar de leer a Poe, a Becker o a Doña Emilia Pardo Bazán, o a Stepehn King, según me dé; y de terrores hollywoodienses de toda índole. Combina bien con el acortamiento de los días, la llegada del frío y las primeras castañas, si hay suerte. También disfruto del humor negro, y revisito sin falta el magnífico «Tus amigos no te olvidan», en el que Luis Carandell dejó impresa una maravillosa recopilación gráfica y literaria del acervo cultural funerario de nuestro ruedo ibérico.
Pero este año se hace difícil disfrutar de esas veleidades, la catástrofe está demasiado próxima, y un fallecimiento cercano y también reciente hace que aún tenga fresco el olor del tanatorio y el sonido de la lápida sobre el sepulcro.
Y sin embargo Todos los Santos, el 1 de noviembre, y el Día de los Fieles Difuntos que le sigue, son fiestas para la esperanza. Ocasiones para hacer presente que volveremos a verlos, que compartiremos con ellos el hallazgo del sentido de todo aquello que parece no tenerlo.
Y este año hay razones para esperanzas más mundanas: queda menos de un mes para que las urnas despojen de potestades públicas a los responsables de esta última catástrofe y de las que la precedieron. Al gobierno cuya mezcla de incompetencia y corrupción, las más altas de la historia de España, se mide ya en tantas vidas humanas.
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