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El espejo de Delft

01/11/2026
 Actualizado a 01/11/2026
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Pasadas las 10 de la mañana del 12 de octubre de 1654 una enorme explosión reventó buena parte de la próspera ciudad neerlandesa de Delft. El estallido del polvorín del convento de Santa Clara, “El trueno de Delft”, como se conoció, resonó a más de 150 kilómetros de distancia y mató a más de un centenar de personas, entre ellas al portentoso pintor Carel Fabritius, destruyendo además gran parte de su obra. Ese mismo año regresaba a su ciudad natal Anton van Leeuwenhoek, padre de la microbiología, perfeccionador de la óptica y el microscopio y vecino de uno de los pintores hoy día más célebres del mundo: Jan van Vermeer. La cámara oscura, el microscopio y el telescopio se encuentran entre las herramientas que Vermeer utilizó para ir más allá en las indagaciones que han hecho de la pintura barroca holandesa una de las cumbres del arte mundial. Algunas de sus mejores obras han llegado al Museo Thyssen de Madrid desde el Mauritshuis de La Haya hasta el próximo mes de enero.

Entre ellas se encuentra la Vista de Delft (1660-61), uno de los paisajes más célebres y reconocibles de la pintura mundial, el cuadro más bello del mundo para Proust. No siempre fue así. Durante siglos y desde antes de su muerte, Vermeer no figuró entre los pintores de moda, arrasado por un cambio de gusto (como les sucedió a Rembrandt o Rubens) y arrinconado por su escasa producción de pequeño formato y clientela local. Su redescubrimiento y el gusto del público, sin embargo, han hecho que sus menos de cuarenta cuadros conocidos sean objeto de desmedida avidez para el aficionado y los museos. Entre ellos, este paisaje urbano ocupa un lugar de excepción a causa de sus dimensiones y ambición en una obra dominada por el recogimiento interior y el detenimiento en las calidades de los objetos.

Pero no se trata de un paisaje tomado del natural, sino de una abstracción, de una obra abstracta en la medida en que la figuración puede serlo, de forma lírica y geométrica a la vez. Auxiliado por un telescopio que conferiría unidad a la escena, el pintor compendia la idea de ciudad holandesa apacible y floreciente que Delft estaba a punto de dejar de ser, recuperada del desastre de la pólvora, pero a punto de sufrir un giro histórico desfavorable. Quizás sea también una contestación a la obra de pintores de la generación anterior, como Egbert van der Poel, empeñados obsesivamente en retratar aquella desgracia para explicar el incipiente cambio de tornas. 

De la misma forma manipulada en que los vedutistas llevarán las ciudades italianas al lienzo, Vermeer muestra en esta vista la ciudad de la que apenas salió como la imagina en el pasado y, también, como querría que fuera en el futuro: inmutable como una obra terminada. El sueño de una edad de oro perdida y un futuro que la recobra: una imagen especular. Tal vez por ese motivo sigue fascinando como no puede hacerlo tanta anodina imagen que nos acosa y refleja a cada paso. 
 

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