Marta del Riego Anta 2026

La especulación de la tierra

02/10/2026
 Actualizado a 02/10/2026
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En el centro de Madrid se levanta un campamento de personas que protestan contra la especulación inmobiliaria. “Déjà vu”. Hace quince años había otro campamento, yo me pasaba por allí a menudo. Los jóvenes protestaban y pedían lo imposible. Se sentaban en el suelo en corro, discutían durante horas. De ese movimiento nacieron partidos políticos, nacieron ideas nuevas. Estos días hay más tiendas, más orden, menos jóvenes, las pancartas son más grandes y están mejor hechas. También hay menos sueños, se pide algo concreto. Hemos pasado de la revolución hippy al pragmatismo. Hemos comprobado que los movimientos sociales tienen un efecto sobre las políticas de Estado, que la forma más antigua de Democracia, la mano alzada, funciona. Es una corriente subterránea que aflora solo de vez en cuando. Pensábamos que se había secado, pero ahí está. 

La vivienda no es, sin embargo, la única batalla por la que merece la pena salir a la calle. Ya me gustaría que se saliera por el mundo rural. A la clase media se nos escapa la vivienda, sí, pero también la tierra. Hubo un tiempo en que los campos de labranza fueron la posesión más valiosa de una familia. En la mía se hablaba de “las Tierras”, así, con mayúscula. Cada Tierra tenía su genealogía y su nombre, Los Foyos, el “prao del ti’ Frades”. En los años 70, 80, su valor cayó en picado. Había que vender las Tierras y emigrar a la ciudad. Hoy el precio está subiendo. Hoy fortunas extranjeras y fondos de inversión de países árabes están comprando miles de hectáreas en España. 

Nos quedamos sin vivienda y nos quedamos sin tierra. Un país sin tierra no es un país. Un país donde sus habitantes no puedan habitar una vivienda digna no es un país. Me encantaría que en alguna de esas pancartas de la Puerta del Sol -“Derecho a techo, a justo precio”, “Liberar nuestras ciudades del rentismo”- pusiera también: “Derecho a vivir en un pueblo”, “Salvad nuestra tierra de la rapiña de los fondos buitre”. Sin embargo, ese es un tema que a nadie le interesa. Cuando el verdadero origen de la escasez de vivienda es la altísima concentración urbana. La vida rural se vuelve cada vez más complicada, nos cargan con burocracia inútil, nos quitan las escuelas, los centros de salud, nos roban el agua con embotelladoras o contaminan nuestro ríos con plantas de biogás. Nos expulsan de los pueblos. Y ¿qué hacemos? Emigramos a la ciudad. Y ¿qué sucede?  Nos  sumamos a esa muchedumbre de personas que busca hogar. 

El problema de la vivienda no se resolverá mientras sigamos vaciando el campo para abarrotar las urbes. El problema es el desequilibrio del territorio. El problema es el olvido del paisaje, de las tierras de labranza, de los antiguos cursos de agua, de los pueblos. Si más gente pudiera vivir “dignamente” en el campo, habría vivienda para todos. 
 

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