Hace una década, un libro sagaz y divertido de Sergio del Molino acuñó y popularizó la expresión «España vacía» que, como los mejores descubrimientos, llamaba la atención sobre una evidencia, revelando la desnudez imperial. Muchos otros han venido después a explotar o transfigurar etiqueta tan célebre, las más de las veces con el peor de los sucedáneos, el vergonzoso participio de fontanería «vaciada». No es este caso, disculpen la licencia. La España a la que me refiero -en un país más que invertebrado reetiquetado – ha entrado en ebullición electoral y, al mismo tiempo, sigue vacante de proyecto, político y de país. O de territorio, como se dice ahora. Esa España vacía, de interior, marginal, despoblada, deshojada… que sale en el telediario por desgracias o folclorismos -hasta las nevadas las protagoniza ya la villa y corte- se entrega cansina y resignada a nuevas citas urnales y saturnales con ninguna esperanza, pero con mucha mala hostia, puesta casi toda en un partido neofascista cuyos intereses no coinciden con los de la tierra, pero lo disimula con ruido y furia.
En otros lares pergeñan «diferencialidades» o identidades políticas, por grotescas que se manifiesten. Madrid explota el vampirismo pijo y prepotente de Ayuso, con profusión de aporofobia y señoritismo; el nacionalismo catalán se quita el disfraz liberal y se pone el xenófobo a conveniencia; en el País Vasco y Navarra cupos y haciendas forales atemperan cualquier motín, mientras las costas colectan maná turístico con tedio de paseo marítimo y ojos cerrados a un Sol que calienta cada vez más. El centro geográfico, que en España es la periferia, no solo se vacía de gente en sumideros centro-laterales, si la emigración no lo impide, sino que está vacante de ideas, planes y personalidad que no consista en otra España, una de actitud bacante a base de verbenas de verano y teatrillos turísticos sobre gestas históricas rancias.
Cuando uno echa la vista a los partidos que dicen habitarla la pregunta, como en demasiados pueblos, es ¿hay alguien ahí? Vegetan los regionalismos o nacionalismos de cercanías u ocasión, dilapidada su oportunidad de bisagra a causa de los chirridos de sus pactos y componendas. Sirva el ejemplo de León, con una UPL viviendo a la contra y con el autobús en la portería, como los equipos sin aspiraciones de la parte baja de la tabla. En los partidos de ámbito estatal, entre tanto, no cabe más que ir distinguiendo señores feudales de segundones.
Mala consejera, la desesperanza derriba esas fichas de dominó hasta el extremo, el horripilante Vox, un eurofascismo antieuropeísta y pro-Trump, vociferante y casposo, justo lo contrario que necesita el mundo rural, omitido por la lógica urbanita y explotado por la empresarial. Esa sí puede acabar siendo una España vaciada: compuesta por agrietado yeso en el interior de un molde tan inservible como dañino.