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España no se aburre

03/05/2018
 Actualizado a 15/09/2019
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España no se aburre, como decían que se aburría Francia justo antes de las revueltas de aquel mayo de 1968. Estamos de sobra entretenidos con el esperpento independentista y los navajazos de partido ahora que la filtración es el nuevo arma para el magnicidio (político). España no se aburre y aún así han vuelto a la calle los mismos, a gritar consignas y a sujetar pancartas, 50 años después. Aquellos estudiantes que exigían derechos laborales, igualdad y libertades (que entonces aquí era luchar contra la dictadura porque la democrática Europa tardaría aún en cruzar los Pirineos una década) vuelven a encabezar manifestaciones. Tienen la sabiduría del pelo cano y ya no podrían correr delante de los grises como entonces. Todo este tiempo han estado trabajando. Cotizando mes a mes, en la bonanza y en la crisis, para poder un día jubilarse tranquilos. Nunca habrían pensado tener que volver a inventar lemas y plantar cara a una Policía Nacional desbordada intentando contener sin hacer daño a sus propios abuelos para no dar portadas de represión al New York Times. Tan solo exigen unas pensiones dignas, que se revaloricen para que su vejez no sea una escalera hacia el oscuro sótano de la pobreza. En otro puñado de décadas puede que tan solo exijamos unas pensiones.

No sé cada cuanto es necesaria una revuelta que desempolve los engranajes del progreso. Pero que nuestros jubilados estén celebrando estas bodas de oro de mayo del 68 volviendo a las protestas (a las que esta vez también llegaron tarde los sindicatos) es un síntoma más del agotamiento de todas nuestras instituciones. La arquitectura de la sociedad española está dejando de funcionar. Necesita de forma urgente una puesta a punto para adaptarse a las necesidades de un país que ha experimentado en medio siglo el mayor avance de su historia. La nueva realidad lleva años desbordando la Constitución por la forma de Estado, el sistema electoral, la organización territorial o las garantías de los derechos que allí se plasman. Los viejos partidos se tambalean en las grietas de la corrupción, el clientelismo y la política como profesión en la que medran los espíritus dóciles y donde hace mucho que sobran los méritos. Los nuevos partidos surgidos de las plazas y el hartazgo ya no pasan frío y se acomodan en los despachos donde se oye menos la calle. Hasta las leyes nos están caducando y hay jueces que se quedaron atrapados en esos tiempos pasados en que fueron escritas. «¡Prohibido, prohibir!», gritaban en París medio siglo antes de la era de las censuras.

Mayo del 68 fue una revuelta por derechos y en 2018 España se revuelve por deberes. Por los deberes que el Estado ha dejado de cumplir, que imposibilitan garantizar lo que se ganó en las algaradas de las universidades. Y por los deberes que no hace una ciudadanía pícara y adolescente, que pide amparo constante al papá Estado intentando esquivar sin sonrojo su responsabilidad en la demolición de las instituciones. Venimos de la España de las prejubilaciones masivas, de las burbujas de la especulación, del fraude fiscal a todas las escalas, de la ‘titulitis’ hueca y de las mayorías absolutas con la nariz tapada para asegurar contratos. El reto de las nuevas sociedades no es rubricar compromisos en cartas magnas ni articulados grandilocuentes. Eso lo consiguieron entre nuestros padres y nuestros abuelos. El desafío es que todas esas grandes palabras como el respeto, la igualdad, la solidaridad o la dignidad sean por fin realidades palpables en cada vecindario y en cada aldea. «La imaginación al poder» era otro de los lemas que poblaron los muros franceses. Es el momento de terminar de hacer realidad aquella nueva sociedad que entonces empezaron a imaginar. O de darle la razón a Sartre que un día de aquellos, quizá sin quererlo, escribió el epitafio de todo revolucionario. «Como todos los soñadores, confundí el desencantó con la verdad».
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