Paula, nacida en Valdehalcón, fue llevada a Pueblo de Lillo como pastora de ganado en casa del Señor Cura. Allí escuchó el ruido del lago Ausente, que se comunica con el mar. Se lo contó, en Vidanes, a uno de sus hijos, que se lo creyó y escribió un libro titulado ‘Los falampos de la nieve’. A su presentación en Lillo acompañaron al autor gentes como Julio Llamazares, Fulgencio Fernández y ‘AnGLilllo’ el de Cármenes, el fundador de los Filósofos de lo Rural. En el ayuntamiento, en la tribuna, estaba el alcalde... Y en las sillas de los espectadores... nadie...
Es verdad que eran otros tiempos. Es verdad que, por entonces, nadie era nada. Y menos los poetas. Todos los españoles llevábamos una herida, todavía abierta, producida por la guerra de nuestros padres y abuelos. Es verdad que nadie le importaba una higa si el lago aquel, en lo alto de la montaña. mirando a Susarón, se comunicaba con el mar del norte... y mugía... Como mugía el tiempo...
Luego venía la historia de que, estando un día la niña con su ganado, comenzó a rugir en el cielo un artefacto como un mosquito de hierro con unas alas muy largas que se fue acercando al suelo hasta quedarse quieto entre las urces verdes. Entonces, una vez quieto, se abrió una portezuela y de él salió un ángel rubio, muy alto y de ojos azules, que comenzó a hablar en una lengua incomprensible, dirigiéndose a ella. La niña, aterrada, echó a correr monte a través hasta llegar al pueblo y allí, con un gran susto en el cuerpo, les contó a sus amos la aparición divina y, muy cansada, se quedó dormida sentada frente fuego...
Pronto se supo que había sido una avioneta la que había aterrizado en la pradera del monte, y que el piloto, un militar alemán, había seguido a la niña hasta el pueblo. Se había quedado sin combustible. Ese era el ángel. Ese era el milagro. Y, aunque nadie lo entendió entonces, eso, un sueño, continuó siendo toda la vida para la madre del cronista. El sueño de un poema. Y es que el mugido de la poesía tan solo lo pueden oir aquellos que, huyendo de los rumores de verdad se empapan y embadurnan de amargura...
Están equivocados, madre; no quieren aceptar que lo importante en la vida no es triunfar ni ser reconocidos. ¿Qué es, lo importante, entonces? Los sueños, madre. ¿Los sueños, hijo? Si, los sueños: aquellos que tú me contabas que soñabas cuando era niño. ¿Eso te contaba yo? ¿Pero tú eso no debiste contarlo, hijo...