El número de personas que sufren algún problema de salud mental ha batido un lamentable récord, casi mil doscientos millones de afectados en todo el mundo.
Esta cifra supone el doble de casos registrados hace tres décadas, no es asunto baladí. La ansiedad y la depresión son los dos trastornos más frecuentes, los que en mayor medida han contribuido a este incremento histórico.
Como causas suelen estar presentes el estrés económico y laboral, la soledad no deseada o el aislamiento digital.
Todos nos echamos las manos a la cabeza cuando suceden tragedias como la ocurrida hace unos días, cuando una niña de dos años falleció después de quedarse varias horas encerrada en el coche. Su padre, al parecer mientras atendía una llamada telefónica, alteró por descuido la ruta normal de cada mañana y fue directo al trabajo olvidando dejarla en la guardería. No es un hecho aislado. No es la primera vez, ni será la última, que pase algo parecido.
En esta ocasión las altas temperaturas causaron el fatal desenlace y por ello ha sido noticia. Aunque me atrevo a aventurar que habrá más casos similares que terminan siendo relatados como simples anécdotas sin mayores consecuencias.
Muchos lectores se preguntarán cómo es posible tener semejante despiste. Otros pensarán que es perfectamente entendible.
Lo que se hace difícil de comprender es cómo alguien puede estar sometido a un nivel de estrés, de presión o a un ritmo de vida tal que su mente llegue a dejar en segundo plano algo tan prioritario.
Quizá las agendas deberían tener más huecos. El tiempo es algo muy valioso que, en general, escasea demasiado.
Otra cosa que llama la atención, responsable de más de un problema de salud mental, es el linchamiento despiadado que se hace en redes sociales, en ocasiones sin conocer la realidad de las circunstancias.
En general, la ligereza con la que a veces se lanzan cuchillos afilados en forma de palabras.
Lo dijo Ernest Hemingway, se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para aprender a callar.