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La escritura embrujada

07/04/2026
 Actualizado a 07/04/2026
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Gabriel García Márquez, Gabo, sabía desde niño que iba a ser escritor, que quería ser escritor, que tenía la voluntad, la disposición, el ánimo y la aptitud para serlo. Siempre pensó que no podría hacer otra cosa, aunque nunca «pensé que de eso pudiera vivir». Y sí que pudo, sí. 

Tuvo una experiencia reveladora de saber de dónde le venía lo que le salía de las entrañas, cuando reflexionó y conectó lo que contaban los novelistas del sur de los Estados Unidos con su experiencia de niño, hasta los ocho años, cuando vivió con sus abuelos en Aracataca: rodeado de mujeres -siempre de noche- se empapó del mundo de lo sobrenatural, de lo fantástico, «donde todo era posible, donde las cosas más maravillosas eran simplemente cotidianas… y yo me acostumbré a pensar así». Pero también aprendió de su abuelo qué era la concreción.

Escribir cuentos -descubrió un método leyendo a Kafka-, o artículos, o columnas, o reportajes -un género literario- o guiones de cine, eran formas de contar, parte de su camino, de su vocación de contar cosas, de contar la vida.

De corresponsal en París cerraron su periódico: «estaba feliz, todo el día escribiendo». Era consciente de que su formación se basaba en la cultura popular, «que se vive, no se estudia». Y que «la escritura de ficción es un acto hipnótico»: que el lector solo piense en el cuento que está leyendo, que no se despierte de ese sueño. Y para eso se necesita mucha «carpintería»: la técnica de contar, una enorme cantidad de clavos, de tornillos, de bisagras para contar el argumento y convertirlo en verdad literaria y que atrape al lector. Comunicar al lector «un ritmo respiratorio», que no se pueda romper, porque si no, le despertaría.

Tuvo el coraje, por ser honesto, de cambiar de registro a pesar del enorme éxito de «Cien años de soledad». Y seguía aprendiendo a escribir, escribiendo sus memorias de cómo escribió sus libros, en un intento «de desembrujarse de sí mismo».
 

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