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La escritura embrujada

07/04/2026
 Actualizado a 07/04/2026
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Gabriel García Márquez, Gabo, sabía desde niño que iba a ser escritor, que quería ser escritor, que tenía la voluntad, la disposición, el ánimo y la aptitud para serlo. Siempre pensó que no podría hacer otra cosa, aunque nunca “pensé que de eso pudiera vivir: y estaba dispuesto a morirme de hambre”. Con estas palabras comienza el documental Gabriel García Márquez. La escritura embrujada, que vi recientemente acordándome de su nacimiento, el 6 de marzo de 1927.

Tuvo una experiencia de conocimiento propio, de revelación, de saber de dónde le venía lo que le salía de las entrañas, cuando reflexionó y conectó lo que contaban los novelistas del sur de los Estados Unidos con su experiencia de niño, hasta los ocho años, cuando vivió con sus abuelos en Aracataca: rodeado de mujeres -sobre todo de noche- se empapó del mundo de lo sobrenatural, de lo fantástico, “donde todo era posible, donde las cosas más maravillosas eran simplemente cotidianas… y yo me acostumbré a pensar así”. Pero también aprendió de su abuelo, con quien pasaba la mayor parte del día, qué era la concreción.

Escribir cuentos -empezó a ganar en método leyendo a Kafka: “Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.”- o artículos, o columnas, o reportajes -que consideraba un género literario- o guiones de cine, eran formas de contar, parte de su camino, de su vocación de contar cosas, de contar la vida.

De corresponsal en París se encontró de golpe con que cerraron el periódico: “estaba feliz, todo el día escribiendo en la pensión”. Era consciente de que su formación se basaba en la cultura popular, “que se vive, no se estudia”. Y que “la escritura de ficción es un acto hipnótico”: que el lector solo piense en el cuento que está leyendo, que no se despierte de ese sueño. Y para eso se necesita mucha “carpintería”: la técnica de contar, una enorme cantidad de clavos, de tornillos, de bisagras para contar el argumento y convertirlo en verdad literaria y que verdaderamente atrape al lector. Comunicar al lector “un ritmo respiratorio”, que no se pueda romper, porque si no, se despertaría.

Gabo tuvo el coraje, por ser honesto, de cambiar de registro a pesar del enorme éxito de “Cien años de soledad”. Y seguía aprendiendo a escribir, finalmente escribiendo sus memorias de cómo escribió sus libros, en un intento “de desembrujarse de sí mismo”.

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