Escribo afligido. Puesto a elegir entre la rabia y la tristeza he optado por la aflicción. Digamos que la siento y tengo por una emoción más racional, menos primitiva, más moral, más ética, y cuya reacción obliga al previo examen o consideración de su causa y no la inmediatez como la cegadora ira, el ofuscado enojo o el furor del grande enfado que a la rabia suelen acompañar. Sí, estoy escribiendo de la amargura que me produce cuanta información encuentro sobre el genocidio palestino a manos del gobierno israelí de Netanyahu y su consentidor y animador padrino, el tramposo Trump. Elevados aranceles de sangre y muerte están pagando por su mera y subsistente existencia esos hombres, esas mujeres, esos niños masacrados ahora también con el hambre.
Escribo con la profunda sensación de hacerlo como la prédica del santo que me nombra, a sermón perdido, a artículo inútil, a acto fallido. Como si escribiese para librarme del desprecio que los espejos me brindarían ante mi silencio cómplice, amoral, indecente, irracional. Irracional si como hombre, como persona, me tengo por más racional que los animales que dan muestra de serlo. Sí, escribo a sermón fallido incapaz de olvidar esa calculada tortura –exclusiva bestialidad del hombre– del ahora sí comes, ahora hambreas. Y todo ello en tiempo de abundancia y con cientos de camiones llenos de alimentos a las puertas de Gaza.
Escribo decepcionado, no sólo con parte de mis conciudadanos, de mis semejantes, sino también con las instituciones democráticas que nos representan a distinto grado territorial. No sólo con la posición política de determinados partidos políticos –los de siempre, ni los nombro– que bien no saben no contestan o bien se alinean con el genocida, sino también con el cínico silencio cómplice de Europa, de cualquier parlamento, de cualquier ayuntamiento.
Escribo sí, más agnóstico de cualquier dios que nunca. ¿Alguien puede seguir creyendo que como mantiene el bíblico libro del Génesis (1:26-27) «Y dijo Dios: – Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza…?» ¿Alguien que Israel es el pueblo elegido de dios como mantiene el bíblico libro de Isaías (43:20-21) «… porque pondré agua en el desierto… para dar de beber a mi pueblo elegido, a este pueblo que me he formado…». Flaco favor hace ese pueblo con tal reniego de dios y su presunta bondad infinita o flaco favor al hombre le hace dios consintiendo tal genocidio. ¡Ay dios, dios, que ni estás ni se te espera!
¡Salud!, y buena semana hagamos… ¡Y tengamos!