Él empezo negando la existencia de los virus y yo solo pensaba en comer más rápido para poder irme lo más pronto posible. Sin apenas masticar, tragaba rápido mi ensalada y miraba de reojo la puerta por la que huir en cuestión de minutos. Prosiguió explicándome –y llamándome ignorante por no pensar como él–que la luna es un holograma y que la tierra no es redonda. Qué dices tú ante eso. No sabía cómo empezar a rebatirle porque me suponía rebajar mi nivel mental. Para mí –y para la mayoría de personas con sentido común o, como él nos llamaría, escépticos– es tan evidente que la tierra es redonda y que la luna es un satélite que todos los argumentos me parecían simples: el sol no siempre está en el mismo punto, existen el día y la noche, hay pinturas egipcias las que se representaba la luna, etc. Nada, que no le convencía. Su negacionismo –llevado ya hasta el punto del fanatismo– era más fuerte que toda la evidencia lógica y científica que yo pudiera mostrarle.
No hay tantos tontos, pero resuenan fuerte. Aun así, el verdadero problema no son las conspiraciones absurdas, sino los discursos de odio y las mentiras que se generan en torno a ellos. El populismo está a la orden del día y todo parece válido si el fin es deslegitimar a quienes no piensan como tú. Más peligroso aún es cuando estas palabras no pertenecen a personas comunes, como tú y como yo, sino a quienes tienen el altavoz y el poder para influenciar en el resto. O silenciamos y desmentimos sus discursos y bulos o involucionaremos como sociedad. Y no, no pienso volver a los tiempos en los que se apostaba por una tierra plana.
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