Domingo, escribo temprano, auroral. Fría aún está la casa toda y fría la sala que ocupa mi escritorio. Mas, aun así, lo hago en traje de noche o pijama y aún sin togarme, que diría un panameño. Por no togarme (a la panameña, insisto), ni la bata me he puesto, que, al no portar escudo, no deja claro si parezco un juez o si a un fiscal semejo, y quita para allá, que mucha importancia tiene, y me da que más va a tener, la apariencia. Así que lo que hago, mientras van caldeando casa y despacho, es gritarle a todo bicho viviente en ella: ¡Esa puerta! Y más que nada, por evitar maliciosas corrientes (de aire, aclaro, no se vaya a aparentemente interpretar otra cosa) que pueden colarse por las ventanas o puertas de atrás. Y ya se sabe que estas, las corrientes, te gobiernan o dirigen un injusto trancazo que te agua la fiesta por memorable y libertadora que esta sea. Hay corrientes que refrescan el ambiente, pero hay otras que, así como que amomian tiempo e historia y tal parece que, reviciado el aire, todo ha ido hacia atrás y hasta puedes llegar a sentir una lumbalgia de aquellas, que producían los grises de los negros tiempos con sus negras porras, que tantos desearían crónicas. Aquellos tiempos en que mi padre buscaba esperanzas con su depurada técnica de saber leer entre líneas.
Y ahora, ya ven, unos, pobres periodistas, y otros, digamos, escritores e incurables aprendices de escribidor, que de todo hay, vamos a tener que escribir entre ellas, no sea cosa que una corriente de esas, entrada por la puerta o ventana de atrás, te mal enfoque y te balde no solo de andar derecho sino hasta de ejercer alguno de los conquistados y propios de un Estado de tal. Que los hay muy amigos de siempre dejar muy claro –como, en el Oviedo antiguo, se cantaba protestando en favor del derecho a la intimidad y la inviolabilidad del domicilio–: «En mi sala –(digo, casa)– mando yo / y si quiero rompo un plato» –(plato, en este caso, ¡por los dioses aclaro!, no en su acepción segunda de «platillo de balanza»)–. Por qué me dará a mí el hedor, danés o shakesperiano, que hay tuertos que pretenden pasar por ciegos justos.
Y así, sin querer, recuerdo, digamos, una estrofa de mis renglones cortos ‘Abríguense del frío’: «Seguro que ya sabe de qué escribo / y si no: ¡enhorabuena! / Porque yo sí se lo escribo hoy, / ahora, desde ese frío. / ¡Mi frío!».
Mas, ya sabe, ¡la familia…! Cosido quedó el asunto. Aparentemente. – ¡Esa puerta! –¿Cuál? –¡La de atrás! ¡Qué fría sala, qué segunda!, mi planta digo.
¡Salud!, y buena semana hagamos.