Eran los primeros días de enero. Después de ocho partidos consecutivos sin ganar —eliminación de la Copa del Rey incluida—, la Ponferradina visitaba Lezama para verse las caras con el Bilbao Athletic. En el banquillo, un Mehdi Nafti que, pese a llevar únicamente cinco encuentros dirigidos, ya se veía en el centro de la diana de la afición. Como era tristemente habitual, la Deportiva perdió aquella tarde ‘solo’ por 1-0 en un partido igualado, un resultado que levantó esos autocomplacientes «al menos esta vez competimos» que siempre son el primer síntoma del fracaso. Días después, salió la noticia de que la dirección del club había decidido darle el mes de enero de margen al entrenador y empezar a juzgarlo con el mercado concluido. Nadie lo entendía. Los blanquiazules iban terceros por la cola. El temor por el descenso no dejaba de crecer. El Toralín cualquier día iba a arder.
Son los últimos días de mayo. Después de una segunda vuelta alucinante con 37 puntos en su casillero, la Ponferradina recibía al Bilbao Athletic en El Toralín con la posibilidad de jugar la fase de ascenso. En el banquillo, un Mehdi Nafti al que la mayor parte de la afición quiere ver renovado cuanto antes para que dirija el proyecto de la próxima temporada pase lo que pase en las semanas venideras. Como era felizmente habitual, la Deportiva ganó esa tarde por 1-0 mientras desde otros tres estadios llegaban noticias positivas por el auricular. Los blanquiazules son equipo de playoff.
Esto es el fútbol: una majadería en la que gastamos horas y horas tratando de comprenderlo, pero que a veces simplemente exige sentarse y observar qué tiene guardado para nosotros. ¿Cómo le vas a explicar a alguien que aquel equipo postrado sobre la lona, deprimido y sin apenas respiración es el mismo que este de ahora, repleto de ilusión, fortaleza y fe?
Porque en aquel mercado de invierno al que se agarraba Nafti con uñas y dientes se elevó el nivel de la plantilla, es cierto. Sumar a Erik Morán, Slavy, Carlos Calderón, Koke y Petkov estando en puestos de descenso es a todas luces un bagaje sobresaliente que sumó calidad y aire fresco, pero quienes han sacado esta situación adelante son los que ya estaban. Los Andrés Prieto, Ger Nóvoa, Esquerdo, Undabarrena, San Emeterio, Andoni, Borja Valle, Vázquez, Frimpong, Keita... todos dieron un paso al frente y derribaron a cabezados cualquier muro que se les pusiera delante. La Ponferradina se convirtió en el mejor equipo de la segunda vuelta lidiando con constantes lesiones claves que nadie ha terminado poniendo como excusa. Parafraseando a Quevedo, el músico —nunca pensé que recurriría antes a este que al otro—, el equipo voló con un ala rota, pero todos vieron que voló, no que tenía un ala rota.
Y ahora llega junio. Pasamos la página y aparece una hoja en blanco esperando ser escrita. Enero parecía un final; mayo terminó siendo un comienzo. Es tiempo de soñar.