Uno de los contendientes dispone de gran ventaja. Según los comentaristas, sus armas sobre el terreno y su superioridad técnica han de proporcionarle una rápida y clara victoria. De hecho, ha ganado más que nadie, logrado triunfos de gran prestigio y autoridad y sus ganancias multiplican las de su rival, que apenas cuenta en ningún pronóstico entre una multitud de competidores. El enfrentamiento parece decidido de antemano. El primero no solo destaca y es superior en todas las líneas, es, además, favorito no solo para este, sino para futuros duelos. Su contrincante apenas ha disputado y ganado algo notable, es, casi, su primera vez, bisoño, de una categoría inferior, mero protagonista de pugnas locales, remachan los comentaristas afinando sus pronósticos. Y sin embargo… Empieza el encuentro y el conjunto inferior se encierra en su terreno y, sin salir de él, bloquea las áreas que domina, juega sus modestas cartas con habilidad, sitúa frente al grande su empeño por mantenerse en pie, a veces se permite resueltos contraataques, modestos pero alarmantes. Mientras tanto, el peaje de defenderse deriva en cierta inanidad y evidente desesperación del grande; el favorito da vueltas, tuya mía tuya mía, no encuentra por dónde acceder, no progresa, no resuelve. El público se cansa, algunos llegan a irritarse, el encuentro se prolonga sin salida aparente, sin que se perciba el final satisfactorio que tanto se había pronosticado y anunciado. Muchos empiezan a rumiar que la contienda no merece la pena, que las tablas son un mal menor, y muchos otros rememoran anteriores fiascos de cuando también eran favoritos y salió mal, muy mal. Los comentaristas aparcan su optimismo y dan un giro drástico a sus perspectivas. La disputa acaba en empate. «Para este viaje…» comentan algunos. La decepción es notoria, aunque las declaraciones inmediatas intenten minimizarla, como es norma.
Al día siguiente de firmar ese empate nuevas declaraciones abundan en excusar a unos y otros, diatriba que resume mejor que nada la famosa frase de Ronaldo Nazario: «Perdimos porque no ganamos». Que se atrincheraron en su territorio y así no se puede, que era lo que cabía esperar de enemigo tan inferior, etc., dicen unos. Cada uno usa su táctica y la guerra es la guerra, se justifican los otros. Lo de siempre. Trump había vendido pieles de oso antes de cazar ninguno, y los Estados Unidos del ‘great again’ volvieron a creerse victorias que solo en sus películas de guerra suceden de la manera en que las cuentan. Irán jugó como pudo, con lo que tenía, y no perdió. Lo de siempre. «Fútbol es fútbol», que filosofaba Boskov, o, como remachó Lukas Podolski, «el fútbol es como el ajedrez, pero sin dados».