«Su mirar cautiva todos los corazones…», decía la letra de la canción del Dúo Dinámico. Cantan sobre una Mari Carmen muy distinta de la que estos días nos arranca, en su travesía, coplas de llanto y tristeza.
Una Mari Carmen que ha sufrido los envites injustos de un dúo dinámico de buitres devoradores: el capital y los tribunales. Ambos pájaros del mismo plumaje, aliados en contubernio perverso en un contexto de latrocinio insultante: la subidas de un alquiler en un 275 % a una mujer de 87 años –¿hay ley justa que ampare tal tropelía?– después de llevar 70 años en el mismo piso del Retiro. La retiran con modos de delincuente, sacudiendo sus pertenencias… ¡ábrenos la puerta, Mari Carmen, tenemos que hacer nuestro trabajo! Imagino la desazón de esos hombres. Desalojar a una anciana, como si fuera ella la que hubiera cometido alguna fechoría.
Un desahucio despiadado, después de siete años de zozobra y desvelos, y se lleva las manos a la cabeza, atrincherada tras la hilera de sus pertenencias de toda una vida, apiladas frente a una puerta. ¡Resistiré erguida frente a todo, aunque la silla me ate a la tierra, aunque tenga que salir en camilla! Y así fue.
Sus 1.200 euros de pensión le permitían ir pagando el alquiler de 500 euros. Desde 1967, fecha en que su padre firmó el contrato de alquiler, en un tiempo en que las mujeres no eran dueñas de ningún derecho.
¿‘Dura lex, sed lex’ que no sabe de humanidad ni resquicio por el que mirar el clamor del sentido común?
No está lo suficientemente impedida, ni lo suficientemente muda, ni lo suficientemente ciega…. un 50 % de discapacidad frente al 65 % que la ley exige para dejarla en paz en su casa.
«Mari Carmen, resiste». Clama la multitud congregada, la ONU y hasta las piedras aúllan contra la injusticia. Él número 46 de la calle Alcalde Sáinz de Baranda es un hervidero de preguntas implacables.
Y entre las nieblas del anonimato, una escritora surge para ofrecerse a pagar los 1.150 euros mensuales que distan de la nueva renta que pide el propietario insaciable. Pero al capital no le basta. Reclama más. Fauces abiertas de par y par para fagocitar a la anciana, que trémula se levanta a duras penas para arrastrar un corazón maltrecho por las penas del destierro que le ha pasado factura.
Ahora Mari Carmen languidece de pena en la habitación del hospital Gregorio Marañón acumulando ausencias y recuerdos de partidas perdidas de cartas que quedaron tiradas sobre la mesa camilla del salón de su casa, aquella a la que llegó con diecisiete años, junto con sus padres y su hermano pequeño.
«Quiero daros las gracias desde el fondo de mi corazón. Me habéis ayudado muchísimo», pronuncia la desolada octogenaria con la voz trémula de la que ha perdido la batalla.
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