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¡Es la credibilidad, estúpido!

07/06/2018
 Actualizado a 18/09/2019
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«¡Es la economía, estúpido!», fue la recordada frase de James Carville, el asesor demócrata que llevó a Bill Clinton en 1992 hasta la Casa Blanca mientras George Bush (padre) volcaba su campaña tan solo en los logros de política exterior. Una de las páginas más estudiadas en la estrategia y la comunicación política, tener oídos en la calle para escuchar las preocupaciones inmediatas de los ciudadanos y dar así las respuestas oportunas desde los despachos. Rajoy se aprendió bien lo de la economía (se lo impuso como mantra único) y más cuando su llegada a La Moncloa se produjo por el colapso socialista incapaz de gestionar la crisis. Pero el mundo siempre cambia más deprisa que nosotros, suele atropellarnos y revolcarnos por los suelos. Ya no sirve la economía, al menos solo la economía, en la era de las mil verdades con cara de mentira y las noticias falsas disfrazadas de verdad.

El petróleo político, ese bien escaso que se agota inexorablemente y obliga a buscar nuevos yacimientos con tesón, se llama credibilidad. Cuando todo se cuestiona, cuando uno tiene la sensación constante de viajar a la deriva agarrado a duras penas a los restos del Titanic flotando en un océano de hielo, busca con ansiedad un bote salvavidas que al menos genere la ilusión de estar momentáneamente a salvo. Aunque sea la mano de Rose mientras te congelas. A Rajoy la credibilidad se le escurrió en las cárceles y en los juzgados, en las tramas y los apuntes en papeles, en las dimisiones por escándalo y la caída de los más prometedores líderes. Dejó al PP sin combustible y tirado en la cuneta. A Rajoy lo mató el marianismo igual que a Zapatero el zapaterismo y a Aznar el aznarismo. Los presidentes del Gobierno siempre terminan devorándose a sí mismos.

La credibilidad es frágil, tremendamente frágil, se gana con una lluvia fina y se destroza con la primera tormenta. Y quizá reconstruirla sea un reto al alcance de pocos. El último ejemplo nos queda bien cerca. El actual equipo de gobierno del Ayuntamiento de Ponferrada no ha entendido la primera norma no escrita de la era de la posverdad. El revuelo formado por el anuncio de un referéndum para limitar el ruido al celebrar los goles de la selección española en el Mundial, que resultó ser la campaña de una marca de cerveza, es una magnífica técnica publicitaria pero una pésima estrategia de comunicación política. Las instituciones están sedientas de credibilidad, deben vencer su agotamiento siendo fiables y veraces, generando un halo de seguridad en los ciudadanos. La utilización de una nota de prensa oficial para vender una verdad marketiniana que desmentir un par de días después es una ceremonia de la confusión irreparable para la imagen de un Ayuntamiento. Tanto, y tan necesitados están ahora los populares de evitar más fugas, que durante la polémica decidieron definitivamente que la actual alcaldesa Gloria Fernández Merayo no encabezará la lista del PP a este consistorio para las próximas elecciones. Calificó su propio partido el referéndum ficticio de «ocurrencia», calificativo que se mantiene una vez descubierta la terrible estrategia. La engulló el exceso de ruido, antes incluso de que ruede el balón en Rusia, paradojas de la política.

«¡Es la credibilidad, estúpido!», seguro que gritan los asesores. La que jubiló a Rajoy de forma inesperada y a pesar del equilibrio imposible que va a mantener siempre en vilo al nuevo Ejecutivo. Pero debe haber algún Carville en el equipo de Pedro Sánchez que ha sorprendido y tranquilizado en la elección de sus ministros. Mañana se reúne por primera vez un Gobierno creíble. Tanto, que puede incluso que dure.
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