Hablando del envejecimiento, no pretendo descubrir la piedra filosofal de la vida, ni mucho menos entronizar el tercer misterio de Fátima, decir que es un proceso transgeneracional, biológico, progresivo e irreversible, caracterizado por la acumulación de daños moleculares y celulares a lo largo del tiempo.
Seamos claros: ¡Ser viejo tiene muchos inconvenientes… y pocas o ninguna ventaja! Una de estas es que, a poca memoria que tengas, te acuerdas de las cosas que viviste o que pasaron cuando tú eras joven.
¿Qué perdemos con el envejecimiento? Entre otras muchas cosas: capacidad física, masa muscular, densidad ósea y elasticidad en la piel, lo que provoca debilidad, lentitud en los movimientos y mayor riesgo de lesiones.
Lo peor es que los sueños también se secan, sí, disminuye la agudeza visual, auditiva, y cambios en la capacidad respiratoria, cardíaca y renal. Reducimos la velocidad de procesar la información y tenemos fallos de memoria a corto plazo, aumento y riesgo de enfermedades crónicas, artritis, diabetes, demencia y posible disminución de la independencia funcional.
¡Vaya panorama!
¿Qué ganamos? Es posible que ganemos conocimientos y habilidades para resolver problemas complejos, conocido como inteligencia cristalizada, por tener una regulación mayor de las emociones priorizando la positividad y disminuyendo la reactividad ante conflictos, a la vez que valorando las pequeñas cosas pues el cerebro desarrolla mecanismos para funcionar de manera más eficiente.
En resumen, la vejez implica un ajuste entre la disminución de la «reserva orgánica» y la ganancia en habilidades psicológicas y emocionales, donde el envejecimiento activo es clave para mantener la calidad de vida.
«Podemos vivir en cualquier ciudad, pero a medida que nos hacemos mayores habitamos en el país de nuestros recuerdos». Luis Pastor. Salud… ¡Y nunca mejor dicho!