El debate sobre la existencia de una burbuja especulativa, especialmente en el sector tecnológico, ha sido muy recurrente en el mes de octubre. Sin embargo, hay diferencias sustanciales con episodios como la burbuja puntocom. Mientras que en el año 2000 el índice Nasdaq llegó a cotizar a 200x PER, actualmente se sitúa a 28x PER. Si bien estas valoraciones no son baratas, están lejos de los niveles irracionales que caracterizan a una burbuja clásica.
La solidez del impulso tecnológico actual se fundamenta en un modelo de negocio radicalmente distinto al de hace 25 años. Las grandes compañías tecnológicas no solo son rentables, sino que generan ingentes cantidades de flujo de caja, lo que les permite financiar su crecimiento de forma orgánica, sin recurrir a la deuda. Los planes de inversión masiva en capital (Capex) anunciados por gigantes como Google, Amazon, Meta, Oracle y Microsoft, que alcanzan cifras de entre 80.000 y 100.000 millones de dólares anuales, son una prueba tangible de este poderío. Este gasto masivo nutre a toda la cadena de valor, desde los fabricantes de semiconductores como Nvidia hasta los constructores de centros de datos.
La inteligencia artificial es una temática de inversión fundamental y estructural; no va a desaparecer. Constituye el núcleo de la innovación y el crecimiento en el mercado estadounidense. Por ello, mantener una exposición estratégica a las compañías que lideran esta revolución es indispensable. Nuestra cartera continuará manteniendo posiciones clave en empresas sin las cuales «no hay inteligencia artificial»: Alphabet, Microsoft, Meta Platforms, Amazon, Nvidia, Broadcom, Lam Research o Cadence Systems.
Paralelamente, la concentración del mercado en la IA ha creado una oportunidad excepcional en sectores que han sido abandonados por no estar de moda. Estos segmentos ofrecen valoraciones atractivas y un perfil defensivo como, por ejemplo: Colgate, Procter & Gamble, Coca-Cola, Merck, Johnson & Johnson o Thermo Fisher.