Símbolo del amor universal y la afectividad en sus orígenes y con tintes materialistas en la actualidad, el catorce de febrero es un día en el que todos –solteros o emparejados– podemos celebrar el amor. Quien estableció que ha de celebrarse en pareja, limitó infinitamente el concepto al ámbito romántico y se olvidó de las demás vertientes: la familia, los amigos, los profesionales que nos rodean y, por último, pero no menos importante, nosotros mismos. El amor es respeto, es dar y recibir, es confianza y honestidad, es saber elegir –quizá sea una indirecta que hoy se celebren las elecciones catalanas y lo estemos pasando por alto–, es igualdad y es felicidad. Todo ello ha de empezar en nuestra mente y nuestro cuerpo, cuidándonos, respetándonos y queriéndonos a nosotros como haríamos a cualquier otra persona. Ser consciente de esto conlleva no aceptar un amor –provenga de quien provenga– inferior al que tú te das; no se trata de querer mucho, sino de querer bien. Quizá la historia deba ser replanteada: la mayor muestra de amor de Valentín de Roma no fue concertar matrimonios clandestinos, sino arriesgarse a ello manteniendo, hasta las últimas consecuencias, el convencimiento de que lo importante era, ante todo, preservar el amor.
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