11/04/2026
 Actualizado a 11/04/2026
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En la adolescencia llevábamos vaqueros azul oscuro muy pitillos. Y unos abrigos verde botella que nos quedaban a mitad de muslo, con una capucha oronda que terminaba en pelo sintético.Por detrás no se nos distinguía: todas con el pelo liso, raya al medio y sin estridencias. Parecía el uniforme de una generación. Lo era. La rutina casa-colegio-entrenamiento resultaba tan costumbrista que no imaginábamos grupo alguno fuera del nuestro; siempre cerrado herméticamente. No se nos entendía tanto por separado como en conjunto y nos gustaba: éramos sencillamente felices. Después algunas nos quitamos la aureola sintética que rodeaba la capucha y empezamos a desentonar.

En un después menos añejo ya no había cazadoras verde botella hasta la mitad del muslo y los pitillos oscuros se acompañaban de otros complementos. Con más accesorios. Con más estridencias. Las fronteras del grupo se diluyeron y no era uno sólo el uniforme de la generación. Empezó la universidad y, con ella, los experimentos. La lucha constante por descubrir «quién soy» y tal y cual. La lectura tozuda de Hesse, las alusiones a Salinger y Golding y la ensoñación metafísica en un intento desesperado por entender a Borges. La juventud primera nos llenó de ínfulas y de intereses y un ímpetu que parecía imperecedero por cambiar el curso de las cosas –por cambiar el mundo, en general– hizo que el corazón palpitara fuerte.Tanto como la última sílaba del término que, de un modo u otro y sin siquiera nombrarlo, nos impregnó: la revolución. 

Aprendimos la palabra ‘quintaesencia’ y nos la quisimos tatuar. Nos tildaban de «intensos» y nos encandilaba. Llorábamos, reíamos y gritábamos con todas las letras de su definición. Nos sumergimos en una competencia tácita por ver quién era el más diferente de todos; el más revolucionario. Y salimos a la calle, megáfono en mano, y fuimos a mítines «transgresores» que nos parecieron algo «dilucidador». Hicimos política en las aulas, escribimos historias y cantamos canciones. Creamos un arte contemporáneo de muy compleja explicación.

Todo para descubrir, ahora que la vida aprieta más que un pitillo, que no son las huelgas, las arengas ni las manifestaciones a las que nadie hace caso; ni siquiera la música ni la literatura. Que la única revolución que existe es, probablemente, pasear sin prisa. Es sentarse en un banco a observar otra cosa que no sea el móvil y dejarse pensar. Quizá así consigamos descubrir al fin quiénes somos.

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